Sinceridad

todo el mundo miente

A menudo, las personas que se jactan de que su sinceridad es intachable son las personas más cuestionables en este ámbito. La sinceridad absoluta no existe o, al menos, yo no la he visto.
Buscando la definición, me encontré con lo siguiente “Sencillez, veracidad, modo de expresarse libre de fingimiento“. Hasta el momento lo que he conocido no se aproxima ni a la legua.Mentira y sinceridad van de la mano. La ecuación sería algo así “a más presunción de sinceridad, mayor es la cuantía de las mentiras”.

Sí, lo sé, todos hemos mentido, generalmente de forma consciente; has mentido a tu familia, tus amigos, tus compañeros de oficina, tu pareja…. NO pienses que no ha sido así, si tienes buen fondo la mitad de las veces habrá sido una de esas mentiras “altruistas”, una de esas mentiras para no hacer más daño, para salir de una situación compleja, para hacer algo que gustaba (sin ponerte en una situación comprometida), pero ya, hasta ahí.

La mitomanía es una enfermedad que me he negado a alimentar, en ningún caso, bajo ninguna circunstancia, de ahí mi estigma.

Mentir es un arte peligroso que solo debe ser utilizado en ocasiones nobles y por personas inteligentes.

 

 

Regresar

regresarRegresar suena a alivio, a cotidiano, a cosas conocidas y familiares. Regresar supone reencuentros y caras conocidas, lugares habituales, rutina aprendida. Regresar también implica cosas menos amables. Regresar siempre me ha costado, no sé muy bien porqué. Siempre se ha hecho excesivamente complicado regresar: de un viaje, de una visita a algún lugar, es algo que genera una sensación de desasosiego muy desagradable.

Creo que regresar supone tener la certeza de no ser capaz de engranar todas las cosas que hay en mi vida. La evidencia de mi incapacidad para encauzar las cosas. Frustrante, es frustante. En ocasiones me gustaría ser lo suficientemente despreocupada para sólo fijarme en lo simple y no intentar solucionarlo todo.

Hoy la sensación es desagradablemente envolvente, densa tras un regreso accidentado y no bien llevado. Soy una ilusa por pensar en que algo vendrá y me sacará de este estado, de este limbo y aún así, sigo esperando.

Shhhh….

Silencio. Sentada en la silla asimilo el silencio. Ayer de vuelta del trabajo, después de un día caótico, me di cuenta de la necesidad de silencio. Me quedé sentada en el sofá, en casa, sin moverme, escuchando lo que me rodeaba. Apenas unos leves sonidos que provenían de la calle y algunas palabras o murmullos de algunas personas. Respecto al silencio, hay una gran frase en un gran libro (para mí) que leí hace tiempo y, desde entonces, la tengo muy presente.

” La palabras pueden herir. El silencio puede curar. Saber cuándo hablar y cuándo no hablar constituye la sabiduría de los sabios.
El conocimiento puede frenar. La ignorancia puede liberar. Saber cuándo saber y cuándo no saber es la sabiduría de los profetas.
Sin el freno de las palabras, el silencio, el conocimiento o la ignorancia, una hoja afilada corta limpiamente. Ésta es la sabiduría de los guerreros.”

¿Sabéis la sensación que se siente cuando te cortas con un folio? Las palabras y el silencio funcionan del mismo modo, se deslizan suavemente, sin apenas darnos cuenta pero la herida está ahí y escuece, mucho, si no eres cuidadoso. Las palabras hieren y el silencio también, si alguna vez has experimentado las secuelas, sabes de que te hablo.

 

Constipado emocional

Con la llegada del otoño se abre la veda de los resfriados. Si lo pensáis bien, hasta que no te empiezas a preocupar seriamente del frío no te resfrías. Es decir, estas en casa en manga corta, bebes agua de la nevera y sin más, te pones a mirar el tiempo. Mañana refresca – dice tu compañero de trabajo- mientras empiezas a pensar que vas a tener que comenzar a abrigarte más por las mañanas. Y ahí tenemos el origen del primer resfriado de la temporada: has convencido a tu cuerpo de que, realmente, no va a ser suficientemente fuerte para poder resistir en condiciones normales y te forras como si estuvieras en el polo. Y tu cuerpo ya no sólo tiene que lidiar con lo de fuera; tiene al enemigo en casa. Una sugestión tras otra se sucede a diario: estornuda la que se sienta contigo en el metro, te tapas el doble “por si las moscas” y, aunque lo haces con toda tu buena fe, no estas ayudando nada.

Algo similar sucede con nosotros a otro nivel. Generalmente, se ha asociado la parte emocional de una persona a debilidad. Lloras = eres débil (nadie se fija en que te has caído dos tramos de escaleras). Dejando a un lado los extremismos, es una infección por la que tarde o temprano hemos de pasar todos. Si tienes suerte, la pasaras en unas circunstancias mas “amables” que además te permitirán entender lo que te rodea de forma progresiva, asimilando los sucesos, integrando los cambios poco a poco. Por contra, en muchos más casos, pasar este trance no es tan simple. Realmente tampoco es culpa tuya, al fin y al cabo, hay ciertas pautas que nos indican que es lo socialmente aceptado y lo que no. Parece que no está bien visto que te emociones con algo, entonces eres “blandito/a” y para que queremos más, si lloras es que eres “demasiado sensible”, si no hablas “es que estás muy serio”, si observas lo que te rodea “es que es muy introvertido/a y no se relaciona”. Así que un día te plantas y dices que mejor te callas y te lo guardas. Y piensas que así te irá bien, ¿por qué no? Es un pensamiento tan válido como cualquier otro, ¿por qué no va a funcionar?.

Pues no funciona por qué, de momento, en los siglos que llevamos sobre la faz de la tierra no le ha funcionado a nadie. Esta es la cepa más difícil, un día detona por un suceso con o sin importancia. Y te ahogas, te pierdes, te ves arrastrado como una hoja a la deriva, y quieres expresar lo que te pasa, pero no te sale. Querido lector, sufres de un caso grave de constipado emocional. Si nunca has hecho algo ¿cómo te va a salir a la primera después de tanto tiempo? Si nunca has dicho lo que sientes, si estas feliz o triste, si estas preocupado o estresado, si te angustia algo que sucede a tu alrededor, si sufres, si sientes que un dolor te atenaza por dentro, ¿creías que sin más en un día podrías abordar todo aquello que había que hacer durante los años que has dejado atrás? Incurable no es, pero como todas las cosas nuevas, sobre todo las que no has hecho de forma habitual, acostumbrarse cuesta un poco. Yo también pasé mi constipado emocional hace años y sólo con el paso del tiempo te das cuenta de todo lo que te has perdido, de todo lo que has dejado en el camino. Así que ya sabes, si estos son tus síntomas, este invierno lleva tu nombre.

 

NOTA.: Dedicado a “Tiny man”, aunque han pasado años, las personas importantes no se olvidan.

La maleta

Demasiadas cosas en la maleta. Sentada en el suelo mientras intento sacar las ideas más o menos ordenadas de mi cabeza, una de ellas me asalta, como una sirena en medio del silencio. Al principio no lo entiendo, no sé porqué esta frase concretamente, porqué retumba tanto en mis oídos, como demandando atención. Quizá ya no quepa más y, mientras mis ojos se emborronan mirando a la nada, pienso que cosas sacar de esta maleta. Mi maleta es pequeña, creo que es muy espartana, tanto como la dueña, quizá la cuestión sea que lo que llevo dentro pesa en demasía. Escucho de fondo la canción “She wolf”, solo la letra y la voz de la chica que la canta, la melodía no me gusta y puedo prescindir de ella. Me doy cuenta que estás aún sin estar y sigo sorprendiéndome. Como dice la canción, ” I’m falling to pieces”.

♦ Las Crónicas de Ayari – IV ♦

Ayari duda por un momento si socorrer a su tío o dejarle unos momentos para que se reponga; Kohtaro siempre fue muy orgulloso y despreciaba cualquier signo de debilidad. Mientras sus ojos vagan perdidos por el pergamino, dirige la mirada a Ayari en varias ocasiones y, finalmente, se recompone con movimientos lentos y pesados.

– ¿Desde cuándo lo sabes? – pregunta apesadumbrado sin levantar los ojos.

– Tuve la certeza de que el rumor era verdad cuando pude verlo por mi mismo – Ayari replica a su tío con altivez, a sabiendas que posee una de las pocas armas que pueden destruir a un hombre.

– ¿Estás seguro? – Kohtaro eleva sus ojos brillantes esperando escuchar unas palabras que jamás llegaran.

– Muy a mi pesar, estoy convencido que la información es veraz – replica compadeciéndose de su tío, cuyo brillo en los ojos se esfuma del mismo modo en que el papel de arroz se consume ante el fuego-. Quizá ahora, más que en ningún otro momento, debería pensar si actuar o dejar a Yoshiro a su suerte; sabe tan bien como yo que su tiempo se acaba y cada día que pasa corre en su contra.

El pergamino se desliza de la mano de Kohtaro hasta el suelo que, recogido por una voluta de aire, lo aleja del cuerpo de su tío. Se siente despreciable, es consciente que cualquier palabra, cualquier ofrecimiento que le haga, supondrá la aceptación de las condiciones sin miramientos. Baja la mirada al suelo sintiéndose mezquino…¿cuán justificado está un acto deshonroso en pro de una acción necesaria y de mayor relevancia? Discurren ideas fugaces por su mente mientras se castiga a sí mismo por un acto de tamaña ruindad cuando percibe que su tío está erguido mirándole con severidad. ¿Dónde está el hombre que hace unos instantes estaba desmadejado ante las desagradables noticias de su hijo?

– Bien, necesito tu ayuda y lo sabes – el desprecio en su voz, como si escupiera palabras cargadas de veneno hacen que Ayari olvide la compasión sentida anteriormente por su tío y, ésta, es sustituida por una punzante ira-. Estoy en tus manos y, a sabiendas de la situación en la que está mi hijo, me gustaría actuar lo antes posible.

– Señor – Ayari escoge con esmero las palabras que va a usar a continuación pues sabe que son la clave – me temo que estoy en el derecho de solicitar su favor para una empresa que he de llevar a cabo antes de nada-. Si me lo permite, usaré los recursos en mi mano para proteger a Yoshiro pero, por el momento, esto ha de esperar.

Sad eyes

¿Por qué nunca estamos preparados para cuando suceden las cosas? Allí estaba yo, sentada en el coche, simplemente sentada, sin nada que hacer. La mañana era oscura, fresca y gris, aunque hacía dos horas a mi me pareció que era mucho más brillante, bonita y estimulante que lo que era en ese momento. El teléfono móvil apenas tenía un cuarto de batería pero me dio igual. Pasé incontables veces esas fotografías, una y otra vez, como memorizando cada detalle, cada rasgo y, cuando un nudo invisible me atenazaba la garganta, levantaba la cabeza, como si asomara a una invisible superficie para tomar aire. Fuera estaba lloviendo, una lluvia fina y ligera que dejaba pequeñas gotitas en los cristales, como si el cielo se uniera a mis ojos, como si nos acompañaramos mutuamente.

Muy pronto dejé de ver la pantalla, cuando la vista se emborrona, cuando la pupila se ahoga, el resto de sentidos toma posiciones. Escuché a la gente correr, trotar de forma pausada, hacer ejercicio bajo la lluvia me pareció casi purificante, una expiación de los malos sueños, de los despertares difíciles, de todo aquello que hay que hacer a pesar de no querer hacerlo. Seguí con la mirada sus figuras borrosas mientras un quejido se escapó de mi garganta, un fugitivo inesperado que aflojó las cadenas del resto. Incapaz de arrancar el coche, pañuelo en mano, mi cuerpo y mi mente fueron deshaciendo los nudos que me tenían agarrotada. Siempre me doy cuenta de las cosas, soy una persona observadora, minuciosa pero, al igual que en el boxeo, no siempre podemos tener la guardia alta ni ver venir todo lo que tenemos delante de las narices.

Bueno, ahí estaba yo, llorando como alma en pena, alma de pollo triste, alma acongojada, alma agridulce. ¿Qué si es grave? Bueno, yo no diría que es grave, doctor, al fin y al cabo, tiene un tratamiento, un principio activo que dejaría pasmado al más avispado. Tras cuarenta y cinco minutos (45 minutos metida en un coche sin conducirlo, ni yo misma me reconozco) conseguí poner las llaves en el contacto y limpiar un poco el desastre. En ese espacio de tiempo sencillamente me di cuenta del simple hecho de añorar algo, de extrañar, de echar de menos; no el echar de menos que se dice automático, sino del sentimiento que sale de un lugar profundo, de algo anclado a tus cimientos, de algo que te remueve por dentro, que no te deja indiferente, que te hace fuerte como la fibra de carbono o el kevlar, que te sorprende una vez más sabiendo que no será la última vez.

Entre la cama y la pared

Entre la cama y la pared hay un abismo insalvable. Teniendo en cuenta que vivo en lo más alto de la más alta torre eso no debería ser un problema pero esta fosa abisal no es tan sólo una brecha en la orografía de mis noches. Tengo que reconocer que la pared junto a la cual esta pegada uno de los lados de mi cama resulta reconfortante, en la mayoría de las ocasiones, claro. Pero estas últimas semanas la sequía literaria se unió a la sequía ambiental. Cuando no puedes dormir, y lo digo por experiencia, la noche es larga, pesada y densa, muy densa. Ni si quiera Morfeo se tomo la libertad de irse de vacaciones; pensé que aprovecharía el calor para tomarse unos días de descanso ya que el verano le había tomado el relevo en lo de no dejarme dormir pero supongo que siente devoción por disfrutar de su hobbie.

Reconozco que a finales del mes de julio conseguí dormir unas cuantas noches seguidas debido al efecto sedante de un inesperado suceso. Me gusta pensar que hay algo que consigue bajar las revoluciones, que consigue darme paz y que me quede quieta y que duerma; y no, no es mi pared. Después volvieron los días de ojos abiertos hasta las tres de la mañana, de vueltas y más vueltas, de contemplar el cielo nocturno, de escuchar el silencio, de ausencias presentes, ausencias que palpitan junto a mí, de llevarte conmigo aunque no estés. Y es extraño, se me hace extraño pero ni por asomo lo cambiaría por algo distinto.

Y Morfeo a los pies de mi cama me ha contemplado, fijos sus ojos oscuros en los míos, esa oscuridad que he llevado presente en mis párpados a la luz del día. En el fondo me cae bien y creo que él también tiene una cierta simpatía por mi, aunque ni él ni yo lo vamos a admitir jamás; él es el despiadado semidios que todo el mundo adora pues sume a las personas en un estado de semiincosciencia y, para mi, es el burlón personaje que me desvela noche sí, noche también. Entre mi cama y mi pared dejo un espacio, un hueco con identidad propia que invado como esperando tropezarme contigo una vez más, un abismo al alcance de la mano.

Umbral de sensibilidad

Supongo que así funcionan muchas de las cosas que suceden a diario, las pequeñas cosas que van plagando tus horas de experiencias. Y como un filtro, tamizas lo relevante, lo grueso de tu vida, dejando que el resto se escape entre tus dedos. Y nadie sabe por qué buscas experimentar otra nueva sensación y tras mucho, mucho tiempo, aquello que en un principio hacía que tu corazón se desbocara ahora no es más que un recuerdo de algo lejano, de algo difuso que parece que no va contigo, como los conjuntos disjuntos, ¿quién se acuerda ahora de los conjuntos disjuntos (además de la que escribe)?

Por eso, lo que no se ve es tan importante o más importante que lo que se ve. Mucho de lo que no se ve hace que tu mundo sea el que es. Por poner un ejemplo, y puede que hasta ahora no te hayas dado cuenta, cuando escuchas una canción y vas por la calle, estás corriendo en el parque, vas en el autobus.., sí, la escuchas, eso es una verdad universal…pero prueba a escucharla en una habitación en silencio y, aún voy más allá, prueba a escucharla con los ojos cerrados, ¿qué “ves” que antes no “veías”? Bien, esto es un ejemplo de porque menos es más; es un ejemplo tonto pero gráfico. ¿Y de lo qué no se siente? Prueba a depositar en la palma de tu mano cinco granos de azúcar (si es que puedes depositar sólo cinco granos) y cierra los ojos, ¿están ahí?; me dirás que sí puesto que tu mismo los has colocado en tu mano, pero si no lo hubieras hecho tú, serían imperceptibles, dirías que en la palma de tu mano no hay nada, sin embargo, si los depositara en tu boca, enseguida te darías cuenta que se trata de algo dulce.

Con las personas también pasa. Un día estás tan tranquila corriendo por el parque y te tropiezas literalmente con gente que está en el skate park, será casualidad, piensas; subes por la cuesta a trote ligero y te encuentras una pegatina en una furgoneta de una escuela de surf, y es entonces cuando te das cuenta. ¿En qué momento mi umbral de sensibilidad se desconectó para no darme cuenta de esa presencia que ahora está allá donde voy? Y no me molesta, al contrario, me hace sonreir, me parece divertido el “intrusismo” al que estoy sometida y estoy encantada pero vuelve pronto, ciertas cosas se echan de menos.

Un, dos, tres, al escondite inglés

Quieta, inmóvil, con los ojos cerrados noto como el agua cae sin pausa sobre mi frente. Estoy en la ducha y no se oye más que el repiqueteo del líquido elemento; si presto suficiente atención casi puedo oir el palpitar de la sangre bajo mi piel. Desde hace unos meses acabo la ducha con agua fría, nada de templada o algo similar, fría, lo más fría que puedo aguantar. Me obligo a quedarme quieta bajo el agua aunque muchas veces me dan ganas de salir corriendo. Me sorprendo a mi misma siendo consciente que, por una vez a lo largo del día, estoy quieta, inmóvil sin hacer nada y, realmente, sin pensar nada y, la verdad, es que es algo increíble.

Si la gente que me conoce  tuviera que definirme de algún modo, en su mayoría dirían que soy un trasto, que no paro. No puedo estar quieta ni por fuera ni por dentro. Realmente no me importa ser así, de hecho creo que no podría ser de otro modo. Muchas veces intento imaginarme estándome quieta, no mostrando interés real por nada, no emocionarme cuando veo algo que me hace reír o llorar, en otras palabras, siendo otra persona muy distinta de la que soy ahora. No me veo, de verdad, y eso que en ocasiones he intentado “conducirme” por el camino recto, por el seguro; es como cuando vas de viaje y el GPS te indica la ruta recomendada (que generalmente suele ser la más rápida y directa) pero ¿y lo emocionante que puede ser coger la ruta alternativa y perderse? La cantidad de sensaciones que dejamos a un lado por rechazar cosas que a primera vista no nos convencen.

Así que cuando tropiezas con una persona que es inquieta, que es un “bicho” (en el buen sentido), una persona a la que le gusta hacer cosas como a ti, a la que le gusta descubrir sitios como a ti, que se pone a prueba, que pelea por las cosas que quiere, que le pone ganas a todo lo que hace…como deciros, se asoma a los labios una de esas sonrisas sinceras y una sensación agradable se extiende por el pecho. Es como si fuera la victoria de una batalla que no es la tuya pero que deja el mismo regusto dulce, que suena a éxito y a esfuerzo, a saber que no eres tan “rara”, a darte cuenta que los pequeños gestos cuentan, que decisiones pequeñas traen grandes momentos y también, grandes personas.