Parecidos razonables

Echando la vista atrás, todos y cada uno de nosotros encontramos diferencias, a veces sutiles y a veces abismales, entre lo que queríamos ser o llegar a ser y lo que somos a día de hoy. Generalmente solemos fijarnos en la parte más superficial, la cáscara: nuestra casa, el coche, la zona donde vivimos, lo que ganamos al mes…; para nada criticable, al fin y al cabo estamos aleccionados para fijarnos en ese tipo de cosas. No nos fijamos, o al menos no lo hacemos de una forma consciente en otras cosas: la familia que tenemos alrededor, los amigos que nos han acompañado en todo este tiempo para lo malo y para lo bueno, las personas  que se han quedado en el camino, los que pudiste salvar, los que no quisieron ser salvados y los que estaban condenados desde un principio aunque en tu fuero interno estabas convencido que finalmente el bien se impondría.

En la mayoría de las ocasiones, echamos la vista a atrás y nos invade un sentimiento agridulce, algo amargo por aquellas cosas en las que pusimos tanto empeño o tanta ilusión y que finalmente, no pudieron ser. Sentimientos encontrados en los que hay un asomo de vergüenza por no haber escogido mejor las palabras que decir en una situación determinada, por haberte portado de forma ingrata con aquella persona que buscaba lo mejor para ti (claro, tu en aquel momento, no lo veías del mismo modo). Aunque las situaciones pasen, la huella que dejamos en las mismas y en las personas no es algo que se borre pasados unos minutos. Tenemos la tendencia a que las palabras se nos desaten en la lengua, muchas veces con un resultado nefasto.

¿Se parece mi día de hoy, mi realidad actual a la realidad una vez se configuró en mi cabeza? Realmente, a pesar de todas las dificultades sí se parece en la base, en los cimientos, en las cosas verdamente importantes. El resto es más o menos accesorio: situación personal no resuelta, situación laboral no definida del todo; aunque también son importantes. Hubiera sido estupendo tener el apoyo de una pareja en ciertos momentos, tampoco hubiera estado mal tener un número extravagante de gente a la que acudir cuando algo no hubiera salido bien pero, realmente cuando lo pienso bien, me doy cuenta que cuando escogí que camino tomar y cómo vivir, no opté por la autopista, elegí la carretera de montaña; difícil, escarpada, a veces desesperante, pero también atrevida, llena de retos, poca gente pero muy interesante y decididamente, las mejores vistas que nadie pueda imaginar.

La sonrisa del payaso

¿Cuántas veces has oído la expresión “…habrá que tomárselo con humor”? Miles de veces, en bocas conocidas y ajenas has visto derramar esa frase. Cada día que pasa, considero más firmemente que, aunque el mundo siga rotando sobre su propio eje y dando vueltas a una bola envuelta en llamas, lo que realmente marca la diferencia entre un día y otro somos nosotros mismos. Reconozco que, en más ocasiones de las que me gustaría admitir, he visto la sucesión de los días como si me encontrará en una película de hace mucho tiempo; “El día de la marmota”. La idea es que el mismo día se repite una y otra vez, todo sucedía de igual manera; el protagonista, por arte de ensayo y error cambiaba sus actos, lo que decía, con quien hablaba, como hablaba, hasta dar con la clave. Por desgracia, en el mundo real no solemos contar más que con una sola oportunidad para hacer las cosas con más o menos acierto.

Tómatelo con humor; claro, a veces es tan sencillo hablar. No me puedo tomar con humor ciertas cosas que no me gustan y veo cada día; pienso en como puedo cambiarlas, pero sin darme cuenta unos cuantos millones de pensamientos abarrotan mi mente en los segundos posteriores, arrinconando esa idea contra los muros de mi cráneo. Sonrío y me río a diario: porque me apetece, porque me gusta, porque mi estado natural es estar rozando el vaso medio lleno (de lo que sea  : ), porque los minutos pasan más deprisa; podría escribir folios y folios de motivos. Como bien decía Peter Pan, hay que buscar tu pensamiento alegre para poder “volar”; todos tenemos un pensamiento que hace que esbocemos una sonrisa o que se filtre un poquitín de alegría por la comisura de nuestros labios. Desde lo más mundano y diario hasta lo más trascendente: que tus compañeros de trabajo te escriban un correo el día que vuelves de vacaciones, el cachorro que ves jugando en el parque, una pareja de abuelitos cogidos de la mano, las fotos de tus últimas vacaciones, una mirada de la persona amada, una nota de ánimo en la nevera antes de un exámen.

Como todo en esta vida, siempre hay un reflejo que es opuesto; el antagonista: el mohín de disgusto escondido tras esa sonrisa brillante de anuncio de dentífrico, esos dedos crispados cerrando una puerta, ese temblar de los labios, esos ojos acuosos que miran hacia arriba intentando coger aire… Siempre nos quedará la sonrisa del payaso; nunca sabes lo que se esconde detrás de ella.

Frío por dentro

Desde hace unos días soy consciente de que me aqueja una dolencia, no sé si grave o leve, pero dolencia. Tengo frío por dentro. A diferencia del frío por fuera, el frío por dentro tan sólo se puede combatir con una medicina tan específica que muchas personas no llegan a encontrarla nunca. Desde hace días me encuentro rara, me dio por pensar que es ese famoso virus del que todos los médicos hablan pero ninguno ha visto; solución: paracetamol y mucha agua. El siguiente planteamiento es el de ” lo mismo has cogido frío….”, me temo que tampoco ese es el caso; si bien hace un frío más que respetable tampoco he conseguido alivio con capas y más capas de ropa, calor artificial producido por radiadores, emisores térmicos, bombas de calor y derivados.

Esta mañana, “colacao” en mano, me aferraba a la taza y pensaba que, recién levantada de la cama, no podía ser posible tener esa sensación de frío tan intensa. Camino al trabajo, con una calefacción suave en el coche he pensado en la causa de ese frío interior que padezco. Atisbo un asomo de lucidez en mi mente que me dice qué es lo que necesito y en qué medida, pero no logro entenderlo del todo. Siempre he creído que las necesidades, la mayoría de ellas, las creamos nosotros mismos, de forma más o menos consciente. De un tiempo a esta parte he conseguido ser eminentemente práctica en casi todos los aspectos de mi vida (en unos más, en otros menos y otros no he conseguido controlarlos; ni lo pretendo). Y aquí me hallo, víctima de una sonrisa a quemarropa, un tropiezo que comenzó con algo tan simple como es una mirada, unos ojos marrones que son a su vez espejo y pozo.

Frío, frío intenso, frío agudo, frío voraz que me ha invadido de pies a cabeza, un poso helado que me recuerda que no soy capaz de deshacerme de esta sensación gélida. Podría precisar con exactitud casi matemática longitud y latitud de las coordenadas donde hallar la solución a este problemilla, pero en esta ecuación no soy capaz de despejar más incógnitas y la variable  “R”  es un poco gamberra; ahí parte de su encanto.

El mundo a dos ruedas

A dos ruedas ves pasar el mundo más deprisa o el mundo te ve deslizarte a velocidad de vértigo. Cada día, allá donde mire veo personas moverse por el mundo a dos ruedas. Serpentean, culebrean, frenan, esquivan… Me miro a su lado dentro de mi coche; mi brazo se prolonga hasta la palanca de cambios y cada ruido, cada vibración, cada ronroneo del motor me dice que es lo que “necesita”. A su manera, hasta mi coche se comunica conmigo y estamos sincronizados, al fin y al cabo pasamos un tiempo juntos todos los días, somos la extraña pareja. Comenzamos nuestra andadura hace ya cuatro años y desde hace casi tres rara es la semana en la que no nos vemos.

En Madrid, los viernes se sacan las motos de paseo. Me asoma una sonrisa a los labios porque desde hace casi un mes todas las motos son de color naranja; un naranja gamberro y peleón….y me gusta.

Abrázame fuerte

Contacto físico. Cada vez más se está perdiendo la costumbre de transmitir lo que sentimos o pensamos a través del contacto. Recuerdo cuando era más pequeña e iba por la calle de la mano de

 mis padres o de mi hermana. Ahora eso se ha dejado de hacer con el consabido de “invades mi espacio personal…”, “déjame mi espacio…”. Si hubieramos dicho eso años atrás nos hubieran mirado con cara rara, tanto si hubieramos sido niños como si fueramos adultos.

De hecho, no hace tantos años y a día de hoy se sigue haciendo eso de vivir con los padres, los abuelos, los niños…todos en casa. Hay que reconocer que conlleva sus incomodidades en cuanto a tema de espacio, un solo baño (esto suele ser caótico pero hay que fijarse en la parte divertida), comidas a lo grande… Mis mejores recuerdos, cuando era más pequeña, era pasar los veranos en el pueblo, casi toda la familia reunida y todos bajo el mismo techo. Recuerdo las noches de risas entre mis tíos, los primos (que eramos casi hermanos), mis abuelos…allí no se dormía pero reir nos reíamos con ganas.

Echo la vista atrás y me doy cuenta que la ciudad me ha vuelto más gris, más huraña, más asocial (aún más de lo que generalmente me dicen que suelo ser). Los saludos parece que cuestan, la gente no mira a los ojos cuando se tropieza contigo por la calle y te empuja sin querer, todo es mucho más impersonal,  entrar a un ascensor y que alguien te de los buenos días (incluido en el trabajo que nos conocemos todos) es todo un triunfo; las personas te miran con cara de desconfianza, se evita el contacto visual en el transporte público, la gente finge estar dormida para no ceder un asiento en el autobús o en el tren. Lo racional se impone, lo emocional está de capa caída. La inteligencia emocional se explica en libros y más libros, es el término que está de moda en empresas de todo tipo pero la inteligencia emocional no se adquiere a través de palabras; se expresa, se practica, se exterioriza.

A los que le suene a chino lo que estoy contando, no es de extrañar de hecho, hay una película que refleja muy bien este aspecto de la inteligencia emocional, aunque hay que saber extraer el mensaje. La película se llama “Cadena de favores”. Mi último abrazo fue ayer, no soy para nada de abrazos ni cariños, siempre he rehuido un poco pero reconozco que me hizo sentir bien. Un abrazo transmite tanto o más que las palabras; un abrazo te dice que la persona que lo da te aprecia, transmite calor y nos hace sentir bien; al fin y al cabo la piel es el órgano más extenso del cuerpo humano, un abrazo transmite felicidad, ternura, cercanía, afecto, protección.

El “reto” de hoy es dar unos cuantos abrazos, ¿voluntarios?.

A contrapie

Horarios, calendarios, despertadores, cronómetros, años, días meses, horas, minutos. Hoy volviendo a casa me ha dado por pensar que todo esta escrupulosamente calculado, medido y estructurado. Eres pequeño y ya te empiezan a acosar con horarios para los biberones, baños, paseos. Cuando creces un poco más es el colegio, la universidad, las extraescolares, el fútbol, el telediario de las nueve, la película de las diez de la noche, que si las ocho horas de sueño, que si cepillarse los dientes no dos ni cuatro, sino tres veces al día, tienes que beber al menos dos litros de agua, pasear al menos 30 minutos a ritmo rápido, acabar ese trabajo que te han mandado antes de las cuatro (después tendrás una reunión que durará una hora porque luego tendrás que responder los correos electrónicos durante media hora más antes de salir).

Pensaba en todo esto mientras conducía por la calle Alcalá camino de mi casa. Si repites curso, malo; serás en el próximo año escolar “el repetidor”, si encuentras pareja pronto y te vas a vivir con ella, te precipitas; si encuentras pareja tarde, fijate que suerte ha tenido; si tienes niños pronto, tenía que haber esperado un poco; si no tienes hijos en la “edad habitual” llevaban intentándolo un tiempo y han tenido suerte; que te compras un coche grande, no era necesario porque tampoco lo usa tanto. Me he sentido como una nota musical (aún no sé si corchea, fusa, semifusa o confusa) atrapada entre los barrotes de un pentagrama, de hecho llevo tropezándome con ellos desde que mi uso de razón decidió llevarme por el camino menos sencillo pero con las vistas más bonitas.

A contrapie, muchas veces pienso que la mitad de las cosas me han pillado a contrapie, a destiempo. Yo iba hacia una dirección, enfocada hacia algo concreto y de repente te das cuenta que todo el mundo va en la dirección contraria. Nunca se me ha dado excesivamente bien ir en la dirección de la mayoría y cuando coincides en algo te da cierta sensación de comodidad, relajación….a mi me dura poco claro; ir contracorriente (no conscientemente, como si fuera un kamikaze) implica en muchas ocasiones sentirse raro, solo, diferente pero también más libre, más despejado, todo es más nítido y adquiere un nuevo sentido

Te invito a que, hoy mismo, en cuanto acabes de leer este post, hagas algo que sueles hacer todos los días pero de un modo diferente, adopta una postura distinta frente a ese hábito y cuéntame que te ha pasado por la cabeza.

A jugar, a jugar, pollo para cenar….

Azar. Preside nuestras vidas desde el inicio. ¿No lo crees?. De acuerdo, piensa por un momento que no estarías leyendo este post en este momento y en este lugar concreto si no hubiera sido porque tus padres tomaron la decisión de “achucharse” hace ya años…Quizá fue porque hacía una noche estupenda, por una copa de vino de más, un encuentro que hizo que saltaran chispas…; y aquí estás tu pensando que eso no es azar.

Bien, vamos a por otro ejemplo; seguro que lo has visto y lo has pensado más de una vez. Vas conduciendo por la autopista o por una carretera cualquiera (lo mismo da) y de repente, un coche te adelanta a una velocidad pasmosa. Tu piensas que donde irá con tanta prisa y que menuda manera de conducir y reduces un poco la marcha; esas cosas te ponen de mal humor. Un par de kilómetros más allá observas como hay varios coches que han colisionado y que, curiosamente, uno de ellos es el que te adelantó hace unos minutos a toda velocidad. ¿Aún piensas que ese pensamiento que te vino a la cabeza y te hizo reducir la marcha y no seguir al mismo ritmo no es azar? ¿Crees que no es casualidad que tu coche y tu mismo no estéis envueltos en esa colisión?

Si te paras ahora mismo a pensarlo, asusta saber que muchas de las cosas que has hecho en tu vida y de las que piensas que eres el sujeto agente, no son más que un encadenamiento de situaciones y que realmente eres el sujeto paciente. Aquel día que cogiste el metro de la línea 6 que, casualmente, fue el último que funcionó bien antes del retraso lo que te permitió llegar al examen que tenías en la universidad; en el último momento decidiste bajar andando las escaleras y el ascensor se averió, aquella noche en la que no te apetecía salir y tras estar un rato en el bar con tus amigos y amigas, te tropezaste con aquel chico con el que llevas saliendo un año y medio….

Piénsalo, quien decide, quien mueve los hilos, quien marca la pauta….piensas que eres tu, pero ¿realmente es así? Polémica servida, ¿quién tiene hambre?

Dios vuelve en una Harley….

Lo llevo evitando varias semanas, más de un mes de hecho. Leí casi la mitad del libro al inicio de mis vacaciones y lo dejé. Siempre he leido libros, más que leerlos los devoro, jamás he dejado un libro a la mitad pero siempre tiene que haber una primera vez.

El título, ya de por sí curioso, no me hacía pensar que fuera un libro “nocivo”. No es nocivo, digamoslo así, pero es incómodo. Incómodo porque recordando lo que leí hace ya semanas, me vi reflejada en él. Nunca me han gustado los espejos, es cierto, no soy amiga de la imagen que me devuelve esa superficie; estaba claro que este libro era un espejo que me devuelve una imagen, una realidad que está bajo la primera apariencia, pero eso yo no lo sabía.

Me había convencido en varias ocasiones para afrontarlo, llegar a casa, coger el libro y leerlo…pero los propósitos son eso, tan solo propósitos. Es pequeño y breve, pocas páginas pero el mensaje es directo. ” Si siempre haces lo mismo respecto a las situaciones no puedes esperar resultados distintos a los que ya experimentas”, lógica aplastante que me hizo sentir idiota. La solución es sencilla: si algo no te da los resultados que esperas, has de cambiar lo que haces al respecto. Sentí un poco de vergüenza cuando acabé de leerlo, no soy una lumbreras, ni estoy dotada del don de la clarividencia…..pero era todo tan obvio.

Decidí hace tiempo no penalizarme por lo que hago o dejo de hacer, por no lograr darle la precisión de un reloj suizo a las cosas que llevo a cabo, por no saber reaccionar ante ciertas situaciones como debería (después de que hayan sucedido se me ocurre un mejor modo de afrontarlo…genial, verdad?); tomar decisiones es sencillo, hablar y poner palabras sobre un papel es sencillo, callarse es sencillo, aplazar ciertas cosas es sencillo (y cómodo)…llevarlo a cabo es complejo, ponerse manos a la obra es todo un reto. Por eso, Dios ha vuelto en una Harley y parece que quiere llevarme a dar una vuelta.

No soy perfecta

Lo que aparece escrito a continuación realmente tiene algunos meses, pero no por ello he creido que sea menos importante que hace tiempo, por eso quería dejarlo escrito, esta vez en un post…

” No soy perfecta. Lo digo mirándome al espejo mientras mis ojos recorren cada centímetro de mi cara, de mi cuello, de mis hombros y bajan por mis brazos, mi vientre, mis piernas acabando en mis pies. Quizá mis ojos no sean del color que más vaya con mi piel, mis mejillas no tengan unas proporciones perfectas, al igual que esa tripita que se hace notar bajo la camiseta. Puede que mis brazos no tengan una forma estilizada o mis piernas sean demasiado finas ¿y qué?. Sé que a día de hoy más que nunca el impacto visual que causamos en los demás, esa primera impresión cada vez es más importante, es la primera entrevista que consciente o inconscientemente realizamos nada más ver a una persona.

¿Por qué nos olvidamos de que, quizá, el relleno que llevan por dentro es aún más atractivo que lo que vemos por fuera? Que la sangre que recorre sus venas es más brillante que el rojo de sus labios, el blanco de su piel es más bello que una tormenta de nieve, el verde o el azul de sus ojos es más vibrante que una pradera o que el cielo en un día de verano…. Pero se olvida, se olvida que quiza ese cuerpo de proporciones casi aúreas no encierra más que una oquedad oscura, vacía, hueca; que esa cara bonita con pestañas de vértigo, ese escote de infarto no son más que la portada de un libro cuyas expectativas desaparecen cuando lo abres y te percatas que las páginas están en blanco.

Y no pasa sólo con las personas: ese perro que no es de raza y es un cruce (sus ojos desprenden tal devoción que pocas veces más podrás verla en los ojos de una persona), ese coche viejo cuya pintura está ya picada y no es tan nuevo (pero que bajo el capó el motor ruge con más furia que cuando solo tenía un año), la casa que es demasiado pequeña (no te fijas que esta decorada mejor que cualquier portada de revista y que,en aquel rincón del sofá, has pasado momentos increíbles) y así podría enumerar miles y miles de ejemplos.

Así que reivindico el pelo revuelto al levantarse, la cara cansada después de un día agotador de trabajo, que tu camiseta esté arrugada, que los vaqueros esten descoloridos, que no te hayas afeitado bien, que no te hayas maquillado hoy, que cuando te pones la ropa para estar en casa, la palabra belleza adquiere otro significado; que no deje de ver esa sonrisa en tu cara al comer el helado que más te gusta, que no encadenes tu aspecto a las pesas de un gimnasio, que seas tan natural como la sonrisa que asoma a tus labios con las pequeñas cosas que decoran tu vida a diario. Reivindico los besos sin compromiso, los pedacitos de nosotros mismos que cedemos a los demás sin esperar nada a cambio, una caricia cuya historia es más emocionante que un bestseller, despertarte y contemplar a las personas que quieres en tu vida vale más que mil amaneceres y una comida improvisada con las cuatro cosas que tenías en la nevera sabe mejor que una cena en un restaurante con 5 estrellas Michelín….esa es la perfección imperfecta, la única que merece la pena y perdura por siempre. “