Efecto mariposa

Mi teoría del caos no esta definida, por eso mismo creo que es acertada, una teoría del caos perfecta es contraproducente. Muchas veces he pensado la frase que se asocia a la teoría del caos, ” el aleteo de una mariposa en Japón puede generar un tornado al otro lado del mundo” (hay varias versiones de esta misma frase). Básicamente, la teoría se resume en que la más mínima variación puede provocar que el sistema evolucione de infinitas formas diferentes. Ahora mismo me siento como Atlas, con el peso del mundo a mis espaldas; quizá lo que esté haciendo ahora mismo, que es escribir en este blog, sea el punto de inflexión de algo que lo cambie todo.

Vivir tal y como vivimos a día de hoy es complejo, generalmente nos sentimos como un pequeño puntito en una inmensa hoja de papel. No creemos, de ningún modo, que generemos un cambio significativo en el día a día, en las personas que nos rodean, en las cosas que llevamos a cabo…pero puede que realmente no sea así. ¿Has llegado a plantearte en que podría cambiar tu día (para empezar) si decides cambiar la ruta para ir a tu trabajo?, ¿pararte a escuchar a ese compañero de trabajo, a tu hermana o a tu padre, en vez de decir que tienes mucho que hacer y pasar de largo?, ¿y decidir que hoy es el día en que te tienes que deshacer de las telarañas y hacer las cosas como siempre quisiste hacerlas pero nunca te atreviste?. ¿Acaso tienes miedo?, bueno, tengo que decirte que yo también lo tengo; a veces no sabría decir que es lo que me da miedo, supongo que seran cosas mundanas, del día a día y también cosas más profundas, intangibles, más etéreas y abstractas pero para mi son importantes.

He descubierto que te desplazas a lomos de un cuerpo de mariposa, te fundes con el pero es imposible no fijarse, aunque hasta ahora no me había percatado de ello. Las alas las llevas plegadas, no se notan o al menos eso piensas. El caso es que aquel batir de alas nocturno ha hecho que hasta mi teoría del caos se tambalee como un castillo de naipes y lo mejor de todo, es que ahora es aún mejor que antes.

Banco de recuerdos

Es un poco irónico, pero, aunque tengo una memoria privilegiada, me he dado cuenta que no recuerdo mi primer recuerdo. Bueno, desconozco si el primer recuerdo que tengo en mi memoria es el primer recuerdo, el tercero o el que ocupa el décimo lugar. Tener una buena memoria siempre ha sido un rasgo distintivo en mí, para lo bueno y para lo malo. Aparte de mi memoria olfativa, tengo una facilidad pasmosa para retener imágenes, fechas, nombres, conversaciones, situaciones y todo tipo de detalles. Cabe decir, para el que se lo esté preguntando, que la memoria no funcionaba de igual modo en exámenes ni nada parecido.

En una ocasión escuché que recordar es volver a vivir y, en cierto modo, es verdad. Ignorar un recuerdo es no “volver” a vivirlo, generalmente, porque es algo doloroso para la persona que lo recuerda. Recordar es guardar en otra dimensión de nosotros mismos el calor de una hoguera ya apagada, es el modo de evadir la realidad que vives a diario, traer a tu mente la imagen de esa persona que ya no está y no volverás a ver… Por contra, la parte positiva es que puedes llegar a recordar cosas impensables, cosas que nunca imaginaste que seguían ahí o que el tiempo y el espacio había difuminado hasta hacerlas irreconocibles.

En mi cabeza aún hay demasiadas cosas que no han visto la luz y no quiero que se queden atrapadas, archivadas como viejos libros en el estante olvidado de una biblioteca. Este es mi banco de recuerdos, este blog y sus entradas son parte de mi memoria hecha texto para no olvidar quien soy, para que no me olvides, para que me conozcas aunque no me hayas visto, para que acudas a él siempre que lo necesites, para que leyendo consiga sacarte una sonrisa aún en la distancia. Este blog soy yo y también tu.

Mis 60 segundos

Desde que lo escuché, en más de una ocasión he pensado en ello. Es de esas pinceladas que me dan que pensar, que siembran en mi cabeza una semillita de la que comienzan a brotar ideas y es entonces cuando mi mente va por libre y me es imposible seguirla. Si estuvieras en tu apartamento, en tu casa, en tu hogar y, de repente se incendiara sin posibilidad de extinguir el fuego, si tuvieras 60 segundos ¿qué te llevarías?. Al principio me sonó como un simple juego de palabras, como esa situación remota a la que hipotéticamente me enfrentaría pero no le di mayor importancia. En una de mis noches como insomne cum laude recordé esta frase y ahí comenzó todo.

Cabe decir que he formulado esta pregunta a varias personas de mi entorno y los resultados son de lo más variado. Quizá ni si quiera es cuestión de prioridades, puede que quizá las personas con las que he hablado dijeran lo primero que les vino a la cabeza, no lo sé. Muchas de las respuestas que las personas darían a esa pregunta sería algo relacionado con coger las cosas de valor: móviles, dinero, un portátil, un tablet, las llaves del coche; quizá otras personas salgan de forma apresurada con lo puesto y vean desde fuera la salida de sus familiares. Obviamente, cuando hablamos de personas, hablamos de multitud de formas de hacer las cosas, opiniones, raseros, límites, etc. El ser humano no se puede estandarizar, no hay una fórmula magistral en la que mezclando los componentes surja la magia y nos salgan las personas como si estuvieran fabricadas en serie. En nuestra contra tengo que decir que seguir denominándonos “seres humanos” es algo pretencioso, estamos a merced de un nuevo virus (como ese que todos los médicos dicen que padecemos en algún momento y que no saben como frenar), deshumanización pura y dura, comienza poco a poco pero en mayor o menor medida nos acaba afectando de uno u otro modo.

De mis 60 segundos aún no puedo decir mucho o nada pero cuando lleguen sabré lo que tengo que hacer. No quiero que llegue el momento y darme cuenta que tengo todo lo que quiero pero nada de lo que necesito. Así que sí, quiero un perro, una casa, quiero salir y conducir, ir a la montaña, ir a la playa, quiero estirarme en la cama por las mañanas…pero lo que realmente necesito es verme reflejada en tus ojos oscuros porque el  resto del mundo es accesorio, menos tu.

Las puertas del cielo

 

Entre el cielo y la tierra no hay una distancia tan larga como la que crees ni como la que pienso. De hecho creo que, a veces, la tierra es una continuación del cielo; otras el cielo y la tierra están separados por un abismo descomunal. ¿De quién fue la genial idea de crear dos mundos separados cuando uno es el telón de otro?. Paraíso o infierno, estoy en la tierra o al menos eso es lo que me han estado contando desde hace años.

La historia escrita en el cielo es familiar para mí. ¿Cuántas veces has mirado al cielo buscando una respuesta?, ¿cuántas veces te has sentado en la arena de la playa y has elevado tu rostro hacia el sol?, ¿en cuántas ocasiones has recorrido con tus ojos las constelaciones y has esperado ver una estrella fugaz?. De los veranos en el pueblo, cuando era pequeña, recuerdo el manto de estrellas sobre una noche cerrada y oscura, las estrellas lo invadían todo y había miles de ellas miraras donde miraras; era complejo distinguir constelaciones. Ahora apenas consigo ver una constelación en el firmamento y todo debido a que la luminosidad nos ha invadido, aunque no por ello lo veo todo más claro. Extraño la sensación de tener semejante bóveda de estrellas encima de mi de vez en cuando; me sentía chiquitina como los puntitos luminosos que veía en el cielo y, lo más curioso, es que en cierto modo sentía que “vivía” de forma acompasada con el palpitar del universo. A día de hoy, a pesar de estar conectada con el mundo (de forma virtual en mayor medida) más que en aquella época, he perdido esa conexión; ya no miro al cielo, de hecho, muchas veces ni miro al frente, miro al suelo, para no tropezar y caer con tanta gente sin rostro.

Mi giro de 180º grados no ha sido el más afortunado y, aunque tampoco sea la boca del infierno, echo de menos asomarme de vez en cuando a las puertas del cielo. Algunas veces, aún con los pies a ras de suelo consigo vislumbrar una claridad cercana a la que obtendría en sus puertas, sobre todo si estás cerca. Quizá las puertas del cielo estén al doblar la próxima esquina, girando por aquella calle a la izquierda, en la ciudad donde vivo, en una que he visitado o en alguna que aún no conozco; cuando las encuentre, os contaré como me ha ido.

Lo que me hace sonreir

Lo que me hace sonreír son las cosas pequeñas (las grandes también), pero las cosas pequeñas están  a diario en mi vida y quizá no siempre les presto la atención que debiera, por eso, el post de hoy está dedicado a esas pequeñas cosas. Ser feliz a tiempo completo es inviable y, si alguien lo es, debe ser agotador. Aquel o aquella que afirme que es feliz las veinticuatro horas al día que me diga como lo hace y que toma para que así sea. La felicidad son momentos que se suceden a lo largo de los días y cuyo efecto placebo se extiende entre uno y otro, alargando la sensación, como la sobremesa de una suculenta comida.

Obviamente, no siempre esas pequeñas cosas son las mismas a lo largo de tiempo, suelen ir variando pero el epicentro de las mismas son las personas, las personas que quiero, las personas que vea mucho, poco o nada siempre van conmigo, las personas que me dan abrazos y las que me proporcionan una bofetada de realidad de vez en cuando, las personas que calan hondo en un breve espacio de tiempo y así podría enumerar ejemplos y ejemplos hasta el fin de los tiempos. He decidido poner las cinco pequeñas cosas que me hacen sonreír a día de hoy; de vez en cuando reharé la lista y veré como evoluciona (yo con ella).

1. Sonrisas. Generalmente una sonrisa, risa o similar me hace sonreír inevitablemente, muchas veces a carcajadas, cosa que me encanta.

2. La imagen de un niñ@ pequeño con su padre. No sé exactamente por qué, pero últimamente me he fijado más en este aspecto y me resulta mágico. Desconozco si lo que me hace sonreír son los ojos de devoción del padre con su pequeñ@, si es el niñ@ cuando le hace algún arrumaco al padre pero me parece algo tan íntimo, tan personal y de tal belleza que cualquier cosa que se pueda decir al respecto se queda corta.

3. Bromear en el trabajo. Sacarles una sonrisa a mis compañeros de trabajo es adictivo. Tengo el don de la oportunidad para hacer comentarios en el momento preciso pero, verles sonreír y desdramatizar las situaciones cotidianas de estrés, me gusta.

4. Recordar a una persona al ver/oir algo. Sonrío si huelo el perfume de una persona cercana, de un amigo o amiga, si me tropiezo con un cartel y lo asocio a un comentario, si veo una fotografía o escucho una canción que me gusta.

5. Planes y viajes. Sonrío al pensar que más tarde o más temprano voy a hacer algo que me gusta; conducir ya me resulta un placer en sí mismo, volver a ver tu rostro al final del camino y esos ojos que me miran divertidos, sonrío con tan sólo recordarte…

Y a ti, ¿qué te hace sonreír?  : )

Feliz Navidad, Darwin

Caminando por el centro comercial ha sido inevitable verme arrastrada por una multitud en una y otra dirección. No pretendía ni mucho menos ir a un lugar atestado de gente en plena euforia de compras compulsivas, simplemente pensé que dar una vuelta sería agradable sin percatarme que estaba adentrándome en la boca del lobo. Pasillo arriba, pasillo abajo, esquivando niños, bolsas, carros, más bolsas, juguetes, promociones y, de fondo, un jingle repetitivo que evoca bucólicos paisajes navideños con nieve, árboles decorados y familias felices que se reúnen en torno a una chimenea. El intento ha sido bueno pero no lo suficiente como para convencerme.

En estas fechas veo como las personas desatan su lado más salvaje, digno de un documental de National Geographic. Porque, tan solo con fijarnos un poco, te darás cuenta que, en estas fechas, nos parecemos más que nunca a cualquier escena que pueda desarrollarse en la sabana africana o en una selva tropical. Nos movemos por grupos, algunos incluso se aventuran en solitario, depende del terreno. En lugares concurridos siempre es mejor tener compañía, sobre todo si son estrechos; en lugares más amplios hay más movilidad. Realmente no necesitas nada pero te mueves entre perchas, colgadores y estanterías con fluidez, te deslizas entre ocres, grises, azules…no te llama nada excesivamente la atención hasta que esa señora coge una prenda con la mano y la extiende ante sus ojos. Ahí comienza todo; como un tiburón ante el evocador aroma de la sangre, te lanzas hacia el mismo lugar que ocupa esa mujer y coges ese jersey pero, ¿qué ocurre?….NO es igual que el que tiene tu competidora. Y entonces es cuando la impaciencia se apodera de ti: no está segura de querer ese jersey pero tampoco lo suelta y lo deja donde estaba. Amaga y tu te impacientas y te marchas. La escena se repite en cada tienda,  joyerías atestadas que venden kilates de amor en forma de pulsera, pendientes o gargantillas; juguetes que, al peso, demuestran la importancia de un hijo para sus padres; videojuegos que crean un universo de fantasía, ese mismo universo que ya no eres capaz de crear con tu mente…

Así que Darwin, déjalo, no entres, no quieras ver en lo que realmente nos hemos convertido, ni quieras ver como hemos modelado a nuestro antojo tu teoría de la evolución; ten cuidado, quizá hasta quieran cambiártela por una tarjeta regalo. Feliz Navidad de todos modos.

Denominación de Origen

Hija, hermana, sobrina, prima, cuñada, conocida, amiga de…; soy un cúmulo de nombres que me designan. Estoy definida y también estoy acotada. Cada definición me aporta unos derechos y unos deberes y unos límites; eso es lo que peor llevo, los límites. No alcanzo a entender la manía de imponer de límites para todo y para todos.

No estoy de acuerdo con las personas que esgrimen el hecho de haber nacido en una determinada familia para “pedir”, exigir y usan esa frasecita “…es que soy tu hermano” o “….es que soy tu madre…” Claro está, que en lo que concierne a la familia, tenemos manga ancha y toleramos, en muchas ocasiones, cosas que en otras circunstancias y con otras personas no nos plantearíamos y mandaríamos a los susodichos a algún lugar lejano a la par que turístico. Por regla general no suelo medir los gestos que tengo con las personas de mi alrededor, es decir, si alguien que esté a mi alrededor puede necesitar mi ayuda de algún modo, simplemente le echo una mano o le intento ayudar con lo que necesita. Si me apetece regalarle algo a alguien porque realmente me apetece hacerlo, lo hago. Pues no está bien visto, debe ser que ahora también hay que medir los gestos y tengo que “contenerme”. Si lo pienso bien, es como si estuviera en un video juego, no puedo usar ciertas habilidades porque no he llegado al nivel en el que puedo usarlas….aunque está claro, esta es mi vida (real por cierto) y la pirateo como me da la gana.

Creo que lo que más siento es que mi nombre no tenga denominación de origen, que la mezcla de mi nombre y mis apellidos no evoque en la mente de nadie una imagen nítida de mi misma como algo original, intransferible, único; que las personas aún piensen que todo y todos somos sustituibles, prescindibles, de usar y tirar y lo peor de todo, con corazón intercambiable.

Nada más que humo

Nada más que humo y a veces ni eso. Como suele ser habitual en mí, se me ocurrió esto cuando iba conduciendo, camino al trabajo, como no. Supongo que hoy los colores del amanecer no eran suficientemente atractivos a mi vista, quizá ni si quiera había colores; últimamente los atascos no son tan intensos como hace unas semanas . Bien, el camino hacia mi trabajo implica visualizar un tanatorio desde la carretera; lo sé, no es la vista más agradable pero es el camino más corto.

Siempre miro hacia el edificio y pienso lo vacíos que son los abrazos en esa situación. ¿Por qué la muerte da tanto miedo?. El porqué a esta pregunta puede ser en que siempre se ha tenido un empeño desmedido en escindirla del ciclo de la vida. Lo primero de todo es que nos hemos empeñado en buscarle significado a la muerte cuando ni si quiera hemos conseguido encontrarle un objetivo y una explicación a nuestra vida; ¿por qué el “fin” de la misma tendría que tener alguna razón?. Desde hace unos años hasta ahora, la idea en que la muerte sea solo un paso más dentro de un ciclo ha cobrado sentido para mi. La vida surge como un pequeño chispazo, una descarga que nos pone en funcionamiento y a partir de ahí vamos a la deriva, con altibajos, con idas y venidas y, un día, sin más ni menos no te despiertas. Bueno, no te despiertas a este lado, al lado que has conocido durante los años que hayas vivido pero quizá si te despiertes al otro lado, uno que no conocías o que habías perdido de vista. Sea como fuere, el no saber, la incertidumbre del ” qué pasará después” es cuanto menos inquietante; el miedo cabalga a sus anchas por nuestra mente y, si no se le pone freno, hace verdaderos estragos.

Miro las volutas de humo que salen de la chimenea y pienso si ese será el comienzo de un viaje para alguien, si ese humo es el último aliento de esa persona en esta ciudad, si quizá es un humo compartido con un compañero de viaje, la última persona ” conocida” precisamente en el edificio que veo desde la carretera. Quizá a través del humo que desprende la combustión de su cuerpo se viaja más rápido, quizá sabía que llega tarde a donde quiera que vaya o puede que quizá sólo sea humo, nada más que humo.

Chapines de rubí

A diario sigo el camino de baldosas amarillas (un poco desgastadas ya) que me llevan y me traen, cual Dorothy en ” El Mago de Oz”. No precisamente me encamino a “Ciudad Esmeralda” aunque las personas que viven en Madrid son de un color verde más vivo. Suscitar envidias y recelos está a la orden del día y una ciudad grande no es precisamente de ayuda; contrariamente a lo que pensaba en un principio. Atrás quedan los tiempos en los que todo el mundo se conocía, se saludaba por la calle y, lo más importante, se ayudaba.Evitando el tópico en el cual se suele recaer, “cualquier tiempo pasado fue mejor”, sí que es cierto que se extraña en ciertos momentos un poco más de cercanía frente a tanta indiferencia cosmopolita. La envidia es tan perniciosa que es una competición en la que siempre se pierde, la envidia sana no existe. Esa invención de la envidia sana en la que te alegras por la situación favorable de la persona que tienes delante no es cierta, no te engañes; si te alegras, es alegría lo que se siente, nada de envidias saludables que endulzan pero no engordan.

Como sucede con todo pensamiento insano, la infección es frecuente y se propaga como un reguero de pólvora. Desde la comunidad de vecinos, pasando por los compañeros de trabajo o amigos,  la envidia nos asalta a todos y cada uno de nosotros en algún momento de nuestra vida, bien sea de modo intermitente o permanente. Nuestra envidia de todos modos es una envidia infantil, en su mayoría prevalece la envidia sobre las cosas materiales. Todo lo material tiene carácter efímero, por eso son bienes de consumo: bolsos, zapatos, coches, relojes, viajes..; es un ciclo que comienza y acaba continuamente. ¿No sería más lógico tener “envidia” de los conocimientos que posee una persona, por ejemplo?, ¿de lo detallista que es ?, ¿de la humildad mostrada ante una derrota o una victoria?, ¿la responsabilidad de sus actos?. Parece ser que este tipo de cualidades no son envidiables y eso refuerza mi idea de que las cosas baratas se compran con dinero.

Así que más que nunca, deseo tener unos chapines de rubí, golpear mis talones y al son de ” Se está mejor en casa que en ningún sitio” huir de Ciudad Esmeralda.

Morfeo & Yo. Primer asalto

Morfeo y yo tenemos una relación distante, demasiado distante. Somos como una pareja bailando vals, cerca pero no juntos. Llevo una cantidad de tiempo más que respetable sin conseguir dormir de una forma más o menos continuada, más o menos normal. No me gusta usar la palabra normal porque nadie define que es normal o que deja de serlo, porque la “normalidad” está hecha de opiniones. El caso es que no duermo lo que debería dormir una persona adulta y la sensación es horrible. Siempre he sido de no dormir mucho ni tener un sueño pesado, de esos en los que aunque los vecinos estén tirando la casa, la persona que duerme no se entera, pero quiero dormir, realmente es algo que anhelo.

¿Por qué me ha tocado en el bando de los que no duermen? Siempre se puede cambiar de bando, ¿no?. Los buenos pueden volverse malos, los malos pueden volverse buenos, las personas de pelo rubio pueden teñirse de negro e incluso las personas con una estatura baja pueden ponerse tacones o alzas o pueden subirse a un taburete. Pero yo no puedo dormir, a pesar de haber probado remedios homeópaticos, farmacéuticos y toda clase de rutinas que podáis imaginar, es imposible. Alguna vez llegué a pensar que lo mismo era una de esas personas nocturnas, que se vuelven creativas y son capaces de hacer algo en esas horas…pero tampoco; creo que durante una temporada escribí pero mis mus@s debían estar de copas o durmiendo. Reconoceré que sólo sé de un remedio para mi insomnio; remedio a medias pero con el que consigo adormilarme y descansar lo suficiente para no parecer al día siguiente un muerto viviente. Soy capaz de dormir con una persona al lado; obviamente, no cualquier persona. Supongo y, de hecho, sé con certeza que no es un gran descubrimiento ni soy la única persona que duerme plácidamente en compañía pero para mí no dormir se ha convertido en un hábito y saber que conozco el remedio pero no tengo modo y manera de usarlo es frustrante.

Así que Morfeo y yo quedamos todas las noches, nos miramos a los ojos, a veces incluso puedo sentir como me deja recostarme poco a poco contra él pero siempre acaba soltándome y yo me quedo perpleja esperando que vuelva. A veces tarda tan sólo unos minutos y otras veces, pasan las horas. Durante ese tiempo me entretengo mirando tu fotografía en el teléfono móvil, recorro tu rostro con mis dedos refrescando tu imagen en mi mente: la expresión de tus ojos con esas pequeñas arruguitas alrededor cuando te ríes, el palpitar de la sangre bajo la piel del cuello, como se curva tu boca cuando hablas, cuando sonríes, cuando hablas mientras me miras a los ojos. Más de un día me he despertado con el móvil en la mano y sonrío, es divertido saber que por una noche has usurpado el lugar de Morfeo, que me da la espalda indignado noche tras noche sabiendo que cualquier día dejará de hacerme falta.