Chapines de rubí

A diario sigo el camino de baldosas amarillas (un poco desgastadas ya) que me llevan y me traen, cual Dorothy en ” El Mago de Oz”. No precisamente me encamino a “Ciudad Esmeralda” aunque las personas que viven en Madrid son de un color verde más vivo. Suscitar envidias y recelos está a la orden del día y una ciudad grande no es precisamente de ayuda; contrariamente a lo que pensaba en un principio. Atrás quedan los tiempos en los que todo el mundo se conocía, se saludaba por la calle y, lo más importante, se ayudaba.Evitando el tópico en el cual se suele recaer, “cualquier tiempo pasado fue mejor”, sí que es cierto que se extraña en ciertos momentos un poco más de cercanía frente a tanta indiferencia cosmopolita. La envidia es tan perniciosa que es una competición en la que siempre se pierde, la envidia sana no existe. Esa invención de la envidia sana en la que te alegras por la situación favorable de la persona que tienes delante no es cierta, no te engañes; si te alegras, es alegría lo que se siente, nada de envidias saludables que endulzan pero no engordan.

Como sucede con todo pensamiento insano, la infección es frecuente y se propaga como un reguero de pólvora. Desde la comunidad de vecinos, pasando por los compañeros de trabajo o amigos,  la envidia nos asalta a todos y cada uno de nosotros en algún momento de nuestra vida, bien sea de modo intermitente o permanente. Nuestra envidia de todos modos es una envidia infantil, en su mayoría prevalece la envidia sobre las cosas materiales. Todo lo material tiene carácter efímero, por eso son bienes de consumo: bolsos, zapatos, coches, relojes, viajes..; es un ciclo que comienza y acaba continuamente. ¿No sería más lógico tener “envidia” de los conocimientos que posee una persona, por ejemplo?, ¿de lo detallista que es ?, ¿de la humildad mostrada ante una derrota o una victoria?, ¿la responsabilidad de sus actos?. Parece ser que este tipo de cualidades no son envidiables y eso refuerza mi idea de que las cosas baratas se compran con dinero.

Así que más que nunca, deseo tener unos chapines de rubí, golpear mis talones y al son de ” Se está mejor en casa que en ningún sitio” huir de Ciudad Esmeralda.

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