El mail

No sé cuantas veces lo leí, recuerdo haber releído párrafos completos, volver sobre ciertas palabras o expresiones. Después de ese día me di cuenta que me habían confiado en texto escrito la historia de amor más bonita que haya leído hasta ahora o al menos eso me pareció. Aquel mail, no por extenso que también lo era, sino por el entramado de la historia me hizo sonreír por dentro y por fuera, no era para menos. Entendedme, el usuario de la historia no lo veía como algo extraordinario, pero a ojos ajenos la historia se asemeja a esas películas que parece que van a acabar mal o de una manera poco favorecedora para el protagonista y, de repente, en un giro del destino…MAGIA!!

No pude dejar de pensar en su historia; durante varios días me vino a la cabeza. Quiero pensar que no es aislada, quiero creer que al caminar por la calle me cruzo con historias tan bellas como la de ese mail. No he vuelto a abrirlo, no sé exactamente el por qué, dicen que no hay una segunda oportunidad de crear una primera impresión; en mi caso imborrable.

Anuncios

Bajo las sábanas no hay monstruos

Hoy más que nunca quiero que llegue la hora de irse a la cama. No tengo sueño, (que raro, ¿verdad?) ni estoy especialmente cansada pero quiero que llegue esa hora en la que me deslizo en la cama, leo unas páginas de algún libro que me transporta lejos de aquí, apago la luz y ya está, se acabó por hoy. Últimamente no me arropo como siempre he hecho hasta ahora, últimamente me echo el nórdico por encima de mi cabeza y me quedo “encerrada” en mi madriguera. Podría caerse el techo, podría entrar el villano más malvado del lugar pero bajo las sábanas, bajo mi fortaleza inexpugnable nada me puede pasar. Bajo las sábanas miro el móvil esperando ese buenas noches que me hace adormecerme con una sonrisa en los labios, bajo las sábanas me permito el lujo de dejar en la mesilla de noche el peso de una armadura que comienza a ser un lastre demasiado pesado. Cuando las noches comienzan a ser difíciles de llevar, casi tanto como los días, ir a la cama es un bucle que no deseo a nadie.

Bajo las sábanas no hay monstruos, es un territorio infranqueable a no ser que los monstruos te estén esperando. Aún siendo monstruos de confianza y habituales, no dejan de ser eso, monstruos. Cuando era niña y veía una sombra en el pasillo o escuchaba un ruido, me entraba una sensación de pánico indescriptible y recuerdo echar las sábanas por encima de mi cabeza como si esa fuera la solución a todos mis problemas; los ruidos se volvían ruidos sin más, las sombras no eran más que el reflejo de una lámpara, una luz en la ventana o cualquier otra cosa y yo, inocente de mi, me adormilaba tranquila, convencida que nada ni nadie podría hacerme daño bajo mi castillo de algodón. Ahora se ha vuelto distinto, al irme a la cama sé que mi peor enemigo está conmigo. Siempre he dicho que el peor enemigo de una persona es uno mismo, nadie mejor que tu conoce tus debilidades y tus fortalezas. En seminarios, ciclos de conferencias y artículos sobre psicología siempre se indica que jamás hay que llevarse los problemas a la cama, ni problemas, ni enfados, ni nada parecido. La cama es un terreno neutral donde no hay problemas ni soluciones, un tiempo muerto en medio del partido. Pero parece que en ese tiempo muerto, en ese lapso de tiempo donde no hay batalla ni tregua soy la única que espera.

El anuncio (I parte)

Me ha venido a la cabeza sin más, con una nitidez asombrosa a pesar de no haberlo visto en años. Recuerdo el anuncio de aquel coche, recuerdo palabra por palabra el mensaje que pronunciaba aquella voz grave mientras las imágenes se iban sucediendo. La música se compuso especialmente para ese spot y, cuando lo vi por primera vez, me quedé pensando en el mensaje que iba más allá que lo que estaba escuchando. Os lo dejo escrito para que lo recordéis, aunque también podréis verlo aquí.

“Fíjate en ti. No lo digo con ánimo de desprecio, pero fíjate bien. El material del que estáis hechos es blando y su energía depende de la oxidación ineficiente de la materia orgánica. Entráis cada noche en un estado de coma y soñáis, pero ¿de qué sirven los sueños si casi nunca se cumplen?  Pensáis  – es cierto – pero os equivocáis frecuentemente y a la menor variación externa perdéis vuestra eficiencia. Sois alterables, sois imperfectos. En cambio yo….preferiría sentir lo que sentís”.

Hoy me he hecho sangre en el brazo sin querer, noté un picor agudo y me rasqué. Ha sido una herida mínina, pequeña, apenas un rasguño pero ha salido una gota de sangre y me he quedado pensando. Al salir de la ducha he visto que aún tengo una cicatriz en la pierna, una rayita más oscura que la piel (mi tono de piel es muy pálido) fruto de una herida que tampoco dolió a priori pero que sangró de forma abundante y a la que le costó cicatrizar. Es entonces cuando he sido consciente total y absolutamente de la fragilidad que me envuelve de los pies a la cabeza. Una pequeña herida que se produjo en septiembre aún sigue presente cuatro meses después; el cuerpo está trabajando para reparar el daño pero la huella de aquel momento está cincelada en mi piel. Un golpe, un empujón, resbalar con el suelo húmedo, torcerse un tobillo, una caricia, un beso, un rasgar de uñas, acariciar el cabello…hay mil gestos diarios que dejan cicatrices en tu cuerpo y en el mío. Es mágico y al mismo tiempo perturbador; no me he preocupado por mantenerme “a salvo” todo este tiempo y, en un segundo, veo como una vorágine de sucesos puede hacer que mañana sea mi último día. No, no mires esto con esa cara de extrañeza, es una posibilidad como cualquier otra; el hecho de no contemplarla te aleja de la realidad y te hace aún más frágil. No quiero dejar de decirte que la cicatriz más bella es tu ombligo, quizá tampoco lo hayas pensado hasta ahora, pero tu cicatriz es fruto de otra cicatriz en otro cuerpo. Tu historia comienza dejando huella física y psiquicamente en un cuerpo tan fuerte y frágil como el tuyo, por eso me gustaría que descubras el valor que tiene una cicatriz.

Durante unos días lleve tu “cicatriz”, una huella fortuita y descubierta después de un par de días; nos reímos de ella y el tiempo que estuvo conmigo era la crónica de un suceso ya pasado. Ha desaparecido hace mucho tiempo pero la “cicatriz” está ahí; vivir con ella es señal de vida, por eso me gustó tenerla, por eso quiero que el choque de trenes tenga lugar otra vez y descubrir una nueva historia en mi piel. Solo tienes que decir que sí.

Jabón para el alma

El día no iba bien. Comenzó como cualquier otro pero la sucesión de acontecimientos lo fue convirtiendo poco a poco en algo difícil de llevar. A última hora de la tarde, la impotencia y el agotamiento eran tales que, en la propia gasolinera, mientras el surtidor estaba en funcionamiento, sentí una presión en el pecho de esas que hacen que naufraguen las pupilas ante una noche de tormenta. Supongo que sería la acumulación de vehículos lo que me hizo concentrar mi atención en moverme de forma rápida y precisa; a mi no me gusta esperar y por tanto, considero descortés hacer lo mismo al resto de personas. Por un lado me apetecía volver a casa y por otro, lo que más deseaba era coger el coche, conducir y aparecer en el lugar donde me gustaría estar. Algo de lógica suele aparecer en esos momentos (a veces la odio) y en este caso me sugirió el camino de el medio, como suele decirse.

A pesar de la temperatura existente necesitaba moverme, necesitaba hacer algo. Mientras estaba caminando, noté el frío que hace poco nos ha invadido de lleno. Llevaba el abrigo puesto, un jersey, una bufanda pero notaba ese frío por dentro del que hace tiempo hablé en este blog; ese frío del que es imposible esconderse bajo capas de ropa. El frío desvió mi atención de lo que hasta entonces era el epicentro, mi cerebro, y se concentró en las articulaciones, sobre todo en las manos; el frío se ceba con ellas ya sea invierno o verano y, si no entran en calor en un periodo de tiempo prudencial, es que algo no va bien. Por eso decidí volver a casa, despacio, mientras el frío hacía mella aún más en mi cuerpo. Una vez en casa me sentí perdida, no sabía que hacer ni a donde ir y mi cerebro, de nuevo en funcionamiento, me guió hasta el baño. Una ducha caliente, eso es lo que necesitaba. Antes de entrar a la ducha siempre me suelo mirar en el espejo; nunca me han gustado, de hecho, creo que la imagen que devuelven no es más que una vulgar copia de lo que pueden llegar a ver los ojos. Lo que vi fue cansancio, una mirada apagada cargada de paciencia e incomoda, incómoda de ver y de mirar.

Libre de máscaras y disfraces, el agua caliente empezó a caer sobre mi. El alivio fue inmediato; la tensión del cuello, de los hombros y de la espalda se disipó lentamente y entonces las lágrimas hicieron su aparición. Llorar en la ducha tiene sus ventajas; la concentración de agua es tal que las lágrimas pasan desapercibidas como polizones en un barco y, si eres de las personas cuyos ojos tienden a enrojecerse, siempre le puedes echar la culpa al champú. Pero las lágrimas queman, sea cual sea la temperatura del agua. Estas en concreto abrieron un surco abrasador a través de mis mejillas dejando un dolor palpitante tras ellas pero eso no es lo que más duele. Las lágrimas tienen terminaciones nerviosas en los confines de mi cuerpo; conectan cerebro y corazón y, cuando hay demasiada tensión, ésta se libera a través de las lágrimas. Puedo hacerlo, quiero hacerlo, valdrá la pena (estoy convencida como de pocas cosas lo he estado en mi vida), no será fácil pero es no importa. Así que me enjaboné una última vez, como si la combinación con el agua fuera la panacea y se llevara por el desagüe esas cosas menos buenas del día. Mientras el agua caía libremente sobre mi cabeza, pensé que tengo que buscar jabón para el alma, aunque sólo sea para que algunas de las marcas que tiene se atenúen un poco.

Казaк, el akita inu

A pesar de estar cansada después del fin de semana y del día de trabajo, pensé que me vendría bien salir a correr para estirarme y desentumecerme un poco. Me puse los pantalones de deporte negros, me calcé las zapatillas y por último el forro polar; llaves, mp3 y listo. Llegar al parque donde suelo correr no me lleva más de cinco minutos, tiene un circuito que lo bordea lo suficientemente extenso para que sea un buen lugar donde “rodar” un poco. Después de estirar un rato, empecé a correr. Había menos gente de la que esperaba pero aún así, a medida que avanzaba, pude ver como los corredores habituales, dueños de perros y gente varia iban invadiendo el parque. Fue a la tercera vuelta, al comenzar la bajada esprintando, cuando noté un pinchazo en el gemelo derecho. Abandoné el circuito y fui hacia el interior del parque, me apoyé en un banco y masajeé la zona dolorida, estiré de nuevo y, de repente, vi pasar un perro a toda velocidad.

Ahora digo que era un perro porque, en su momento, se me antojó enorme. Miré en la dirección hacia donde estaba corriendo y frenó en seco, sin más, volvió la cabeza y vino hacia donde me encontraba. Me encantan los animales y suelo llevarme bastante bien con ellos pero ver como venía hacia mi me puso nerviosa. Busqué con los ojos un dueño, un propietario perruno pero parece que a nadie le faltaba un perro. Llegó hasta mi altura y se sentó a unos tres metros de mi, dejándose derrumbar sobre sus patas traseras; me pareció un gesto divertido con un punto de travesura para un perro con ese porte tan elegante y tan grácil. Entonces es cuando me di cuenta que se trataba de un akita inu. Es una de mis razas de perro favoritas y hacía muchísimo tiempo que no veía uno; no es habitual encontrarlo. De color canela y blanco, el pelo espeso y tupido, un rabo rizado y una cara simpatiquísima, me miraba directamente a los ojos sin apartarlos de mi. Instintivamente me moví para sentarme mejor, sin brusquedades; no parecía que fuera a hacerme nada pero al fin y al cabo era un perro desconocido. Pasaron perros que ladraron, niños y corredores pero mi observador ni se inmutó, no cambió su postura ni desvió la mirada. Escuché pasos detrás de mi y me giré, pensé que quizá era el dueño del perro pero sólo era una persona que pasaba y, de repente, pegué un respingo. El akita se había movido y había buscado la mano que tenía apoyada en la rodilla, metió el morro y consiguió llevarla hasta su cabeza, entre las orejas. Después del susto inicial me di cuenta de la suavidad del pelaje y hundí mis dedos para acariciar su cabeza. Dejé de hacerlo un momento para mirarle con atención pero no debió gustarle porque volvió a buscar la mano para llevarla a la posición inicial y “enseñarme” de nuevo que es lo que quería. Sonreí porque lo único que le faltaba era hablar y le acaricié entre las orejas y el cuello, parecía que le gustaba. Acariciándole palpé un bultito entre el pelaje del cuello y pensé que seria el chip de identificación, recordé que el perro no era mío y busqué en su collar una chapa identificativa. Encontré una plaquita rectangular, por un lado había un nombre en escritura cirílica y en el otro una palabra, “Kazak”, así que supuse que era su nombre.

Me levanté para mirar a mi alrededor, alguien tenía que estar buscando a un perro como ese. Kazak me siguió buscando el hueco de mi mano, como para seguir en contacto; le agarré el morro a sabiendas que podría incomodarle pero fue todo lo contrario, dio un suspiro hondo y se quedó en esa posición. A lo lejos dos personas señalaron al perro y se dirigieron hacia mi, los dueños sin duda. Cuando llegaron hasta donde estaba, Kazak se apretó contra mi pierna y buscó el calor de mi mano entre sus orejas. Los dueños eran una pareja de unos 50 años más o menos, de expresión amable y preocupados por recuperar a su perro. Se dirigieron a mi preguntándome si me había hecho algo, si me había molestado, lamentando la situación y pidiéndome disculpas. Les dije que para nada había sido molesto, al contrario, tenían un perro precioso, muy listo y mimoso. Se miraron con una expresión interrogante en la cara y me dijeron que Kazak no solía ser así; independiente y algo indómito pero obediente y buen perro aunque jamás se había escapado y echado a correr de ese modo. Kazak había estado en la misma posición, mi mano en contacto con su cabezota y, al ver a su dueña con la correa para ponérsela en el cuello, soltó un gemido, como un aullido pero bajito. Me agaché a su lado cogiendo su suave carita entre mis manos y le dije que no pasaba nada, que hacía frío y tenía que irse a casa. Enganché la correa a su cuello y se la di a la dueña que me miraba divertida. Al despedirme de ellos, Kazak se giró y cogió casi al vuelo tres de mis dedos con sus dientes, suavemente, sin presión y tiró hacia abajo; bajé a su altura otra vez para acariciarlo mientras la dueña me contaba que Kazak venía de Rusia; era un regalo de su hija que trabajaba en Moscú, se lo había dado a ellos para que lo cuidaran y así estuvieran ocupados. Les pregunté el significado de su nombre y me tradujeron la palabra al castellano. Sorprendida levanté los ojos del perro y sonreí; hasta tu nombre de guerra me persigue y Kazak ha sido lo más elocuente con lo que me he encontrado. Finalmente nos despedimos por segunda vez mientras Kazak tiraba de la correa mirando atrás y aullando suave.

Mañana cuando….

” Mañana cuando entremos, a primera hora lo vemos”, ” mañana cuando busque un hueco lo hablamos”, mañana cuando, mañana cuando. No soy partidaria de aplazar las cosas porque sí; vale, de acuerdo, os voy a ir dando la razón para que luego no saquéis la cantinela de siempre acerca de la impaciencia. No busco inmediatez en las cosas; bueno, tan sólo en las cosas que han de ser inmediatas, véase, cuando echo una pastilla efervescente en un vaso con agua espero que “efervezca” (creo que es uno de los pocos verbos que no se conjugar) o desprenda burbujitas en cuanto la eche, no pasadas tres horas.

No tenía pensado escribir a priori nada acerca de esto pero la idea surgió a partir de una película. Como película hay que reconocer que vale poco, pero la idea que trasciende es más importante. La película se titula “Mañana, cuando la guerra empiece” y el argumento gira en torno a un grupo de jóvenes que se encuentra en la montaña cuando su ciudad es sitiada por el ejército. A la hora de afrontar la realidad que están viviendo en ese momento hay actitudes de todo tipo: los que buscan el enfrentamiento, los que evitan la realidad, los que racionalizan los hechos y deciden cual es el siguiente movimiento.

La hecho de aplazar las cosas está presente a diario en nuestras vidas. ¿Quién no ha capeado el temporal en el trabajo hasta que el tema que nos perseguía se ha hecho ineludible?, ¿cuántas veces hemos demorado el hecho de enfrentarnos a un libro que teníamos que leer o estudiar?… Tampoco se trata de estar preparado para cualquier eventualidad, si fuera así, sería agotador. La película me hizo pensar que, simplemente, hay que abrir bien los ojos para darnos cuenta de todo lo que tenemos ahora y lo efímero que puede llegar a ser dadas las circunstancias. Aún queda día por delante, aprovecha para mirar lo que antes no veías y si te apetece, cuéntamelo.

Lo que no ves

Si me pusiera a escribir hoy se me atascarían las palabras porque querrían salir todas en tropel o quizá se quedaran tristes y asustadas en un rincón de mi cabeza. El caso es que prefiero dejaros una canción. No es mi estilo, ni se aproxima, pero dice mucho más de lo que vais a escuchar y me trae a la mente buenos recuerdos, de esos que hacen que se asome a mis labios una sonrisa, tan grande como una rajita de sandía. Espero que os guste o, al menos, os entretenga.

Desaprendiendo

Aún recuerdo mi primer día de clase en lo que antes se llamaba “parvulos o parvulitos”. Yo quería ir porque mi hermana también iba al colegio y estaba nerviosa e impaciente (seguro que aquella noche tampoco dormí y fue unas de mis primeras noches como insomne…ohhhh). Recuerdo a mi primera profesora, la Srta. Maribel, hacía del “cole” algo divertido y por eso quería volver al día siguiente. Visto en perspectiva a día de hoy, me doy cuenta de la cantidad de cosas que aprendí en un periodo de tiempo relativamente pequeño. Digo pequeño porque es en los primeros años cuando se adquiere el grueso del conocimiento, las bases sobre las que luego se asentará el resto.

Recuerdo aquellos problemas en los que un montón de gente subía y bajaba de un tren o un autobús (realmente nos preparaban para lo que nos íbamos a encontrar en un futuro), luego estaban los problemas en los que un tren salía de un punto a cierta velocidad y otro salía del punto opuesto a una velocidad distinta; había que averiguar en que punto o kilómetro se encontrarían (a día de hoy creo que me conformaría con saber que iban a llegar más o menos puntuales al destino). Pero los mejores, sin duda, eran aquellos en los que unos cuantos niños iban al cumpleaños de otro y empezaban a comerse octavos, tercios, cuartos de tartas y pasteles y tu mirabas el problema escrito en tu cuaderno pensando porque nunca te habías encontrado en una bacanal pastelera de semejante envergadura. Sea como fuere, lo que recuerdo es que en ninguna asignatura nadie te pedía opinión ni valoración de nada. No había lugar a nada de eso, yo solo era un mero recipiente vacío que había que llenar, así de simple y así de triste. Dicen que nunca es tarde para aprender algo y creo, al menos en mi caso, que es un momento propicio para aprender a desaprender.

Suena complicado si lo lees varias veces pero en el fondo el concepto es muy simplista. Desaprender es el enemigo de aquel aprendizaje que nos tiene anclados en ideas obsoletas y que no son válidas dadas las circunstancias. Desaprender es tener la ocasión de enriquecernos, descartando todo aquello que nos impide evolucionar. Desaprender es casi como tener una segunda oportunidad en muchos aspectos de la vida. Quiero aprender a desaprender esas ocasiones en las que las personas lo hacemos todo más complejo de lo que es, quiero desaprender las prisas, las carreras y el estrés, quiero desaprender los límites instaurados, desaprender lo que se entiende por demasiado tarde o demasiado pronto, quiero desaprender lo que está bien visto sólo porque alguien lo dijo alguna vez, desaprender a pensar que las cosas son demasiado complicadas tan sólo porque lo parecen.

Y tú, ¿qué quieres desaprender?

Bucle

Por un momento me sentí verdaderamente atrapada. Sentada en mi habitación contemplé paredes y techo en repetidas ocasiones; estaba intranquila. Debería estar acostumbrada a lidiar conmigo misma pero, incluso después de un buen puñado de años, a veces, me resulta complicado. De forma periódica me veo inmersa en un estado de reflexión que me es imposible evadir, os aseguro que lo intento pues, como toda reflexión, las conclusiones son variadas y no siempre del gusto de la anfitriona. Pero ya se sabe, cuanto más intentas esquivar algo o apartarlo para otro momento en el que sea más sencillo enfrentarse a ello, más complicado es hacerlo. Mi estado físico no acompaña; me siento fatigada, cansada. Últimamente el trabajo es de proporciones faraónicas, duermo poco o nada (Morfeo es inflexible conmigo) y, al volver a casa, hay muchas más cosas de las que ocuparse. En función de los días me gustaría estar algo más ociosa, no nos equivoquemos, adoro estar en modo activo pero entre las consecuencias que eso provoca, implica que frenar sea mucho más complejo.

Consigo forjar soluciones a problemas que aún no se han hecho patentes o a situaciones que aún no se han dado, mi mente adelanta acontecimientos y se prepara para ellos; es agotador pero no sé como pararlo. En parte no me ayuda el ritmo que llevo y el ambiente que me rodea. Me levanto a sabiendas que encontraré un atasco tremendo para llegar a trabajar, que todo son prisas, que el trabajo que hay que hacer era para hace dos semanas (aunque nadie me lo haya dicho hasta hoy); solvento incidencias hoy que evitaran males mayores dentro de un mes. Creo que necesito resetearme y modificar el interfaz de usuario. Curiosamente sé lo que me apetece, lo que quiero, lo que tengo que hacer para conseguirlo pero no sé porque no consigo poner la maquinaria en marcha. No es miedo pero tampoco sé lo que es, creo que por delante de mi, de forma inconsciente, se adelantan personas significativas en mi vida, como cuando abren una nueva caja en un supermercado y yo me quedo la última. Y no sabría decir en que lugar te encuentras, los números no pautan mi vida ni quiero que lo hagan, de sobra sé que estás en las primeras posiciones. Por otro lado la teoría de la relatividad me respalda: diez horas o dos días no tienen la misma duración e importancia para todo el mundo pero ¿sabes una cosa?, eso también me da igual, exactamente igual que los 180 minutos que hay entre nosotros.

La venganza será terrible (Morfeo II parte)

Reconozco que no me lo esperaba, me pilló por sorpresa; está claro que la mejor defensa es un buen ataque y yo lo he comprobado en mis propias carnes. Estaba sorprendida dado mi largo historial como insomne cum laude; Morfeo se estaba portando increíblemente bien conmigo. Pocos días antes de cambiar de año había comenzado a dormir de forma continuada, sin desvelarme, sin paréntesis en medio de la noche. Es reconfortante experimentar esa sensación, quedarse dormida, el calor que te envuelve bajo el nórdico, acomodarse y “arrebujarse” con la almohada, las sábanas y todo el pack invernal. Me ha durado bien poco.

He comprobado que a Morfeo le encanta ser el centro de atención, en algunos casos, raya lo insano. Henchido de poder se vuelve celoso y cualquier vestigio en el que la mente, llegadas ciertas horas, se explaye y se centre en algo o alguien que no sea él le enfurece en sobremanera. Simplemente se retrasó la hora en la que suelo acostarme habitualmente, vino dado así y, sinceramente, encantada de la vida, repetiría sin dudarlo (¿a qué fastidia Morfeo?). Una vez en la cama, viendo que se acercaba una hora indecente para estar despierta cuando tenía que levantarme en menos de cinco horas a trabajar, me di cuenta que estaba siendo víctima a capricho de la voluntad de un niño malcriado. Ser el favorito de los mil hijos que tuvieron sus padres no es poca cosa, pero todo tiene un límite y yo no negocio con terroristas (bueno, quizá con algún gamberrete). Sea como fuere, esta noche ha acabado ganando él. Ni si quiera sé en que momento se cansó de jugar conmigo y mi salud y decidió concederme cuarenta y cinco minutos de sueño. El despertador sonó dos veces largas; la mayoría de los días casi no tiene ni que sonar o no dura sonando ni cuatro segundos.

Puede que estemos condenados a no entendernos nunca, puede que esté molesto por no ser capaz de inducirme ese sueño profundo del que muchas personas disfrutan o quizá me esté dando la espalda por todas las veces que he intentado arañar unos minutos de descanso con remedios caseros, homeopáticos y farmaceúticos. Creo que se está dando cuenta que prefiero estar despierta y grabar a fuego en mi mente cada recoveco, cada detalle, cada rasgo tuyo aunque no te tenga delante; no te lo tomes a mal Morfeo, no es por ti, quizá ese sea el problema.