Казaк, el akita inu

A pesar de estar cansada después del fin de semana y del día de trabajo, pensé que me vendría bien salir a correr para estirarme y desentumecerme un poco. Me puse los pantalones de deporte negros, me calcé las zapatillas y por último el forro polar; llaves, mp3 y listo. Llegar al parque donde suelo correr no me lleva más de cinco minutos, tiene un circuito que lo bordea lo suficientemente extenso para que sea un buen lugar donde “rodar” un poco. Después de estirar un rato, empecé a correr. Había menos gente de la que esperaba pero aún así, a medida que avanzaba, pude ver como los corredores habituales, dueños de perros y gente varia iban invadiendo el parque. Fue a la tercera vuelta, al comenzar la bajada esprintando, cuando noté un pinchazo en el gemelo derecho. Abandoné el circuito y fui hacia el interior del parque, me apoyé en un banco y masajeé la zona dolorida, estiré de nuevo y, de repente, vi pasar un perro a toda velocidad.

Ahora digo que era un perro porque, en su momento, se me antojó enorme. Miré en la dirección hacia donde estaba corriendo y frenó en seco, sin más, volvió la cabeza y vino hacia donde me encontraba. Me encantan los animales y suelo llevarme bastante bien con ellos pero ver como venía hacia mi me puso nerviosa. Busqué con los ojos un dueño, un propietario perruno pero parece que a nadie le faltaba un perro. Llegó hasta mi altura y se sentó a unos tres metros de mi, dejándose derrumbar sobre sus patas traseras; me pareció un gesto divertido con un punto de travesura para un perro con ese porte tan elegante y tan grácil. Entonces es cuando me di cuenta que se trataba de un akita inu. Es una de mis razas de perro favoritas y hacía muchísimo tiempo que no veía uno; no es habitual encontrarlo. De color canela y blanco, el pelo espeso y tupido, un rabo rizado y una cara simpatiquísima, me miraba directamente a los ojos sin apartarlos de mi. Instintivamente me moví para sentarme mejor, sin brusquedades; no parecía que fuera a hacerme nada pero al fin y al cabo era un perro desconocido. Pasaron perros que ladraron, niños y corredores pero mi observador ni se inmutó, no cambió su postura ni desvió la mirada. Escuché pasos detrás de mi y me giré, pensé que quizá era el dueño del perro pero sólo era una persona que pasaba y, de repente, pegué un respingo. El akita se había movido y había buscado la mano que tenía apoyada en la rodilla, metió el morro y consiguió llevarla hasta su cabeza, entre las orejas. Después del susto inicial me di cuenta de la suavidad del pelaje y hundí mis dedos para acariciar su cabeza. Dejé de hacerlo un momento para mirarle con atención pero no debió gustarle porque volvió a buscar la mano para llevarla a la posición inicial y “enseñarme” de nuevo que es lo que quería. Sonreí porque lo único que le faltaba era hablar y le acaricié entre las orejas y el cuello, parecía que le gustaba. Acariciándole palpé un bultito entre el pelaje del cuello y pensé que seria el chip de identificación, recordé que el perro no era mío y busqué en su collar una chapa identificativa. Encontré una plaquita rectangular, por un lado había un nombre en escritura cirílica y en el otro una palabra, “Kazak”, así que supuse que era su nombre.

Me levanté para mirar a mi alrededor, alguien tenía que estar buscando a un perro como ese. Kazak me siguió buscando el hueco de mi mano, como para seguir en contacto; le agarré el morro a sabiendas que podría incomodarle pero fue todo lo contrario, dio un suspiro hondo y se quedó en esa posición. A lo lejos dos personas señalaron al perro y se dirigieron hacia mi, los dueños sin duda. Cuando llegaron hasta donde estaba, Kazak se apretó contra mi pierna y buscó el calor de mi mano entre sus orejas. Los dueños eran una pareja de unos 50 años más o menos, de expresión amable y preocupados por recuperar a su perro. Se dirigieron a mi preguntándome si me había hecho algo, si me había molestado, lamentando la situación y pidiéndome disculpas. Les dije que para nada había sido molesto, al contrario, tenían un perro precioso, muy listo y mimoso. Se miraron con una expresión interrogante en la cara y me dijeron que Kazak no solía ser así; independiente y algo indómito pero obediente y buen perro aunque jamás se había escapado y echado a correr de ese modo. Kazak había estado en la misma posición, mi mano en contacto con su cabezota y, al ver a su dueña con la correa para ponérsela en el cuello, soltó un gemido, como un aullido pero bajito. Me agaché a su lado cogiendo su suave carita entre mis manos y le dije que no pasaba nada, que hacía frío y tenía que irse a casa. Enganché la correa a su cuello y se la di a la dueña que me miraba divertida. Al despedirme de ellos, Kazak se giró y cogió casi al vuelo tres de mis dedos con sus dientes, suavemente, sin presión y tiró hacia abajo; bajé a su altura otra vez para acariciarlo mientras la dueña me contaba que Kazak venía de Rusia; era un regalo de su hija que trabajaba en Moscú, se lo había dado a ellos para que lo cuidaran y así estuvieran ocupados. Les pregunté el significado de su nombre y me tradujeron la palabra al castellano. Sorprendida levanté los ojos del perro y sonreí; hasta tu nombre de guerra me persigue y Kazak ha sido lo más elocuente con lo que me he encontrado. Finalmente nos despedimos por segunda vez mientras Kazak tiraba de la correa mirando atrás y aullando suave.

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