Jabón para el alma

El día no iba bien. Comenzó como cualquier otro pero la sucesión de acontecimientos lo fue convirtiendo poco a poco en algo difícil de llevar. A última hora de la tarde, la impotencia y el agotamiento eran tales que, en la propia gasolinera, mientras el surtidor estaba en funcionamiento, sentí una presión en el pecho de esas que hacen que naufraguen las pupilas ante una noche de tormenta. Supongo que sería la acumulación de vehículos lo que me hizo concentrar mi atención en moverme de forma rápida y precisa; a mi no me gusta esperar y por tanto, considero descortés hacer lo mismo al resto de personas. Por un lado me apetecía volver a casa y por otro, lo que más deseaba era coger el coche, conducir y aparecer en el lugar donde me gustaría estar. Algo de lógica suele aparecer en esos momentos (a veces la odio) y en este caso me sugirió el camino de el medio, como suele decirse.

A pesar de la temperatura existente necesitaba moverme, necesitaba hacer algo. Mientras estaba caminando, noté el frío que hace poco nos ha invadido de lleno. Llevaba el abrigo puesto, un jersey, una bufanda pero notaba ese frío por dentro del que hace tiempo hablé en este blog; ese frío del que es imposible esconderse bajo capas de ropa. El frío desvió mi atención de lo que hasta entonces era el epicentro, mi cerebro, y se concentró en las articulaciones, sobre todo en las manos; el frío se ceba con ellas ya sea invierno o verano y, si no entran en calor en un periodo de tiempo prudencial, es que algo no va bien. Por eso decidí volver a casa, despacio, mientras el frío hacía mella aún más en mi cuerpo. Una vez en casa me sentí perdida, no sabía que hacer ni a donde ir y mi cerebro, de nuevo en funcionamiento, me guió hasta el baño. Una ducha caliente, eso es lo que necesitaba. Antes de entrar a la ducha siempre me suelo mirar en el espejo; nunca me han gustado, de hecho, creo que la imagen que devuelven no es más que una vulgar copia de lo que pueden llegar a ver los ojos. Lo que vi fue cansancio, una mirada apagada cargada de paciencia e incomoda, incómoda de ver y de mirar.

Libre de máscaras y disfraces, el agua caliente empezó a caer sobre mi. El alivio fue inmediato; la tensión del cuello, de los hombros y de la espalda se disipó lentamente y entonces las lágrimas hicieron su aparición. Llorar en la ducha tiene sus ventajas; la concentración de agua es tal que las lágrimas pasan desapercibidas como polizones en un barco y, si eres de las personas cuyos ojos tienden a enrojecerse, siempre le puedes echar la culpa al champú. Pero las lágrimas queman, sea cual sea la temperatura del agua. Estas en concreto abrieron un surco abrasador a través de mis mejillas dejando un dolor palpitante tras ellas pero eso no es lo que más duele. Las lágrimas tienen terminaciones nerviosas en los confines de mi cuerpo; conectan cerebro y corazón y, cuando hay demasiada tensión, ésta se libera a través de las lágrimas. Puedo hacerlo, quiero hacerlo, valdrá la pena (estoy convencida como de pocas cosas lo he estado en mi vida), no será fácil pero es no importa. Así que me enjaboné una última vez, como si la combinación con el agua fuera la panacea y se llevara por el desagüe esas cosas menos buenas del día. Mientras el agua caía libremente sobre mi cabeza, pensé que tengo que buscar jabón para el alma, aunque sólo sea para que algunas de las marcas que tiene se atenúen un poco.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s