Bajo las sábanas no hay monstruos

Hoy más que nunca quiero que llegue la hora de irse a la cama. No tengo sueño, (que raro, ¿verdad?) ni estoy especialmente cansada pero quiero que llegue esa hora en la que me deslizo en la cama, leo unas páginas de algún libro que me transporta lejos de aquí, apago la luz y ya está, se acabó por hoy. Últimamente no me arropo como siempre he hecho hasta ahora, últimamente me echo el nórdico por encima de mi cabeza y me quedo “encerrada” en mi madriguera. Podría caerse el techo, podría entrar el villano más malvado del lugar pero bajo las sábanas, bajo mi fortaleza inexpugnable nada me puede pasar. Bajo las sábanas miro el móvil esperando ese buenas noches que me hace adormecerme con una sonrisa en los labios, bajo las sábanas me permito el lujo de dejar en la mesilla de noche el peso de una armadura que comienza a ser un lastre demasiado pesado. Cuando las noches comienzan a ser difíciles de llevar, casi tanto como los días, ir a la cama es un bucle que no deseo a nadie.

Bajo las sábanas no hay monstruos, es un territorio infranqueable a no ser que los monstruos te estén esperando. Aún siendo monstruos de confianza y habituales, no dejan de ser eso, monstruos. Cuando era niña y veía una sombra en el pasillo o escuchaba un ruido, me entraba una sensación de pánico indescriptible y recuerdo echar las sábanas por encima de mi cabeza como si esa fuera la solución a todos mis problemas; los ruidos se volvían ruidos sin más, las sombras no eran más que el reflejo de una lámpara, una luz en la ventana o cualquier otra cosa y yo, inocente de mi, me adormilaba tranquila, convencida que nada ni nadie podría hacerme daño bajo mi castillo de algodón. Ahora se ha vuelto distinto, al irme a la cama sé que mi peor enemigo está conmigo. Siempre he dicho que el peor enemigo de una persona es uno mismo, nadie mejor que tu conoce tus debilidades y tus fortalezas. En seminarios, ciclos de conferencias y artículos sobre psicología siempre se indica que jamás hay que llevarse los problemas a la cama, ni problemas, ni enfados, ni nada parecido. La cama es un terreno neutral donde no hay problemas ni soluciones, un tiempo muerto en medio del partido. Pero parece que en ese tiempo muerto, en ese lapso de tiempo donde no hay batalla ni tregua soy la única que espera.

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