Diagnóstico

Hace ya casi cuatro años y nunca antes había escrito sobre ello. Fue por estas fechas o quizá un poco más tarde, extrañamente no recuerdo el día pero sí recuerdo hablar acerca de las pruebas médicas y, al levantarme por la mañana, después de una noche intranquila lo supe. No sabría decir cómo ni por qué, no había indicadores de nada en aquel momento pero lo supe. Temida y odiada enfermedad, tiempo más tarde se confirmó: es cáncer. La palabra lleva una carga explosiva importante, la detonación fue inmediata y la reacción no se hizo esperar. ¿Cómo encajar la noticia y reaccionar rápido tomando decisiones importantes?, gran pregunta, desde luego. Pero las decisiones se toman, las pruebas se suceden y el tiempo pasa.

Dos operaciones, radioterapia y quimioterapia. Todo suena hueco, aséptico, frío. Seguimos jugando, eso es lo importante. No soy yo quien la padece aunque con gusto le cambiaría el puesto (y no lo digo por quedar bien), mi humor respecto a estas cosas siempre ha sido mucho más ácido y me río, de media al día, muchas más veces que el resto de los mortales. En la familia encajamos la noticia como se pudo, no se puede hacer mucho más. En cuanto a mí, después del primer impacto, consideré que lo más beneficioso era mantener la cabeza fría, intentar ser lo más objetiva posible, lo más racional; a día de hoy procuro que siga siendo así. Nunca hemos vuelto a tener días despreocupados tal y como era antes de esta enfermedad, aunque desde un principio hemos presentado batalla; siempre hemos sido guerreros, gamberros y peleones (quizá no tanto como la persona que dio origen a esta expresión, pero lo somos).

Diagnóstico: tenemos que volver a quimioterapia. Hablo en plural porque en esta familia venimos en un pack indivisible, como los yogures (esa expresión es mía) y aunque solo sea una persona la que se tenga que someter al tratamiento, todos estamos juntos en esto. Ahora que me estas leyendo y tengo tu atención, sé que esta situación es una mierda pero vamos un poco más allá. Cierra los ojos y piensa en mañana, piensa en cómo te gustaría que fuera tu día, el fin de semana, el próximo mes, unas vacaciones; piensa en lo que quieres decir, en aquello que te callas, lo que piensas y no dices por miedo, por vergüenza, porque crees que no es el momento. Abre los ojos de nuevo y mira a tu alrededor: mira a tu mujer, a tu marido, tus niños, mira el frío que hace en la calle, mira a tu perro, observa a tus compañeros de trabajo, respira el olor que desprende esa frutería, observa como la persona a la que amas duerme a tu lado despreocupada, sumida en el más profundo de los sueños; huele el café de la mañana o el cola cao, el calor que desprende la taza, mírate en el espejo retrovisor mientras cantas esa canción que suena en la radio. ¿Qué por qué te digo todo esto?, porque mañana puede ser muy diferente a hoy y, si hay algo que quieras decir o hacer, este es el momento. Así que arriesgate un poco, pierde la vergüenza, di lo que sientes, ríete de los problemas que se pagan con dinero porque lo verdaderamente importante, no tiene precio.

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