Ultimatum

Me duele  la mandíbula, aprieto los dientes de forma inconsciente, como si mi cuerpo se mantuviera en un constante estado de alerta las veinticuatro horas del día. Los dedos se aferran a las sábanas, con los músculos crispados profiriendo un grito que los labios no dejan escapar. El dolor se extiende por el cuerpo, un dolor sordo que se propaga desde el vientre a las piernas, la espalda y, de ahí, al cuello. Las articulaciones descansan de forma laxa sobre la cama, con pesadez y cada movimiento es torpe, descoordinado, sin gracia. La falta de descanso y de sueño hacen mella como nunca hasta ahora en el cuerpo; si a eso le sumamos resfriado, medicamentos para combatirlo y una caída generalizada en las defensas obtenemos una marioneta de trapo con ojos tristes.

Me reincorporo en la cama y miro el reloj. Enciendo la luz y me siento sin hacer ruido en la silla. No sé que sucede para que no haya lugar ni a la más mínima tregua. Noto el frío de la madrugada adentrándose hasta los huesos y observo mi plan b situado en la mesa. Me obligo a retirar la vista, sé que no servirá de mucho aunque siempre guardo la falsa idea que quizá esa noche funcione. Morfeo y yo hemos tenido nuestros más y nuestros menos, sobre todo los últimos meses, pero esto raya lo insano. Me niego a recurrir al sueño químico, ya recorrí ese camino hace bastante tiempo y no es descanso lo que proporciona, más bien una versión abotargada y macilenta de uno mismo.

Me tumbo de nuevo y dirijo mis ojos ciegos al techo; procuro no pensar para no sentirme mal por no dormir, para no pensar que hay algo que no funciona en mí como en el resto de las personas. Cierro los ojos y noto como una lágrima caliente se desliza hasta mi cuello. Me concentro en mi respiración, escuchando los latidos del corazón que se queja; evoco las técnicas de relajación que he aprendido y aplicado a otras personas, sobre todo niños. No sé cuanto tiempo llevo en la misma posición pero, a juzgar por la claridad que se filtra por la parte superior de la ventana, está amaneciendo. Con una sonrisa intento desdramatizar la situación de desconocer la diferencia entre el día y la noche. Encojo mi cuerpo, como quien pliega una hoja de papel, siento el dolor del cansancio y noto como una pesadez invade mis párpados; sé que no durará, que no será suficiente, pero eso ahora no me importa.

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