Fisonomía de un vagón

La cara de tonta esta mañana al intentar arrancar el coche ha sido escandalosa. Creo que hubiera sido el tipo de cara que aparece en las fotos cuando te has montado en una atracción tipo montaña rusa. Después del jarro de agua fría y de optar por el plan B para llegar al trabajo a tiempo, me han quedado horas de trabajo para planificar la vuelta a casa. No me disgusta el transporte público, lo he usado durante muchos años sobre todo cuando iba a la universidad pero el ahorro en tiempo, es decir, en calidad de vida, es significativo cuando voy en coche. Después de escoger la ruta en cuestión solo quedaba volver a casa. Reconozco que me he sorprendido al volver a encontrarme con muchas sensaciones arrinconadas en una esquina de la memoria y, de hecho, he pensado en hacerlo más a menudo.

Mi vagón de metro estaba hasta arriba, repleto; ser el vagón de cabecera conlleva este tipo de cosas. Me centro en las personas más cercanas a mi, los movimientos son pesados, lentos; las miradas vacías, es como si se movieran por inercia, algo mecánico sin alma, seres preprogramados que se mecen al ritmo del vaivén del metro. Ni si quiera pierden el equilibrio cuando la fuerza centrífuga hace que el vagón se incline de forma pronunciada sobre uno de sus raíles, me suena a coreografía ensayada hasta el aburrimiento, no me gusta. En una de las estaciones queda un asiento libre, miro a mi alrededor buscando alguna persona mayor que pueda necesitarlo más o una madre con un niño pero no hay nadie con estas características, así que me siento. A mi lado hay una chica que come de una bolsa frutos secos, lo hace de forma continua, sin parar, sin saborear. Cuento mentalmente el tiempo que tarda en hacer una ida y vuelta a la bolsa y la secuencia se repite una y otra vez con una exactitud pasmosa. La chica está pálida, tiene las mejillas hundidas y parece fatigada pero continua comiendo como si fuera una máquina de movimiento perpetuo. En un vistazo rápido distingo una marca cerca de los nudillos de la mano y es entonces cuando lo entiendo. Confirmo mis sospechas cuando atisbo un trozo de piel en el hombro con la piel seca, escamosa y recubierta de una fina pelusilla. Sé que lo que esta comiendo forma parte de un ritual destructivo, un bucle que no traerá más que dolor cuando más tarde lo intente extraer de su cuerpo, como una quemazón dolorosa. Se palpa el vientre y se clava las uñas en el dorso de la mano; la penitencia por un pecado no cometido no ha hecho más que empezar.

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