♦ Las Crónicas de Ayari – I ♦

Lealtad y honor. Ayari sacude la cabeza con pesar al evocar esos dos conceptos. Hubo un tiempo en el que fueron los pilares en los cuales todo su mundo se asentaba, donde todo tenía significado y ahora, sin embargo, todo se ha vuelto gris y confuso. Sentado junto a la fuente observa como una carpa de color rubí se desliza suavemente por el agua describiendo formas sinuosas en su camino. Ha conseguido evadir a su tío pero no por mucho más; retirado en su residencia de verano ansía noticias del  reino y después de unos días esquivándole tendrá que hacerle frente. Las mujeres de la casa entran riendo en el patio y, súbitamente, guardan silencio, bajan la mirada y se dirigen hacia el pequeño huerto que hay junto a las cuadras.

De entre todos los guerreros al servicio del señor Ichiyo, Ayari había destacado por su destreza con la espada, su habilidad para el combate y la estrategia y una locuacidad poco común. Quizá fue esa la razón por la que el señor Ichiyo lo escogió como parte de su guardia personal; aún recuerda las conversaciones distendidas entre él y su señor, ambos disfrutaban de esos breves intercambios de opiniones acerca de la guerra, del reino, del desarrollo industrial y las consecuencias que traería. Añora ese tiempo en el que todo era de una simpleza casi transparente o, al menos, eso era lo que creía. Escucha el relincho inconfundible de Taro en las cuadras que lo saca de su ensimismamiento

 y acude a la llamada de su montura. La última vez que fue a los establos, unos niños de las casas cercanas estaban arrinconados en una esquina, mientras el caballo, seguramente enfurecido por alguna travesura infantil, se encabritaba de forma violenta.

Al entrar en la cuadra percibe el aroma fresco de la hierba que han traído para su cabalgadura. Taro esta atento a la puerta por la que entra, con las orejas rectas y en constante atención. Ayari tiende su mano hacia el hocico y el caballo roza con suavidad su palma mientras acerca su gran cabeza hacia la de su dueño. Ese gesto tan familiar reconforta a Ayari; pronto, muy pronto volveran a recorrer los caminos en mutua compañía. Acaricia la frente de Taro y desliza la mano hasta el cuello donde la herida ha comenzado a sanar lentamente. El animal empuja suavemente a su dueño en un gesto juguetón, como si supiera que era el momento para evitar que su mente se adentrara en otros recuerdos y su amo le tira suavemente de las crines mientras el caballo relincha contento. Abandona las cuadras y sale de nuevo al patio. Un olor denso y sabroso se dispersa por el aire advirtiéndole que se acerca la hora de la comida; su tío le ha pedido expresamente compartir mesa con él, más que una petición es una orden.

Ya en sus aposentos se prepara para el encuentro, mientras se recoge el pelo con esmero y se ciñe el kimono. Su espada continua inmóvil en el altar; ha preferido no tratar de forzar antes de tiempo la recuperación de su brazo aunque, el no llevarla, hace que le embargue una falsa sensación de desnudez. Una sirvierta abre la puerta y realiza una elaborada reverencia que le indica que le están esperando. Con una inclinación de cabeza da su conformidad a la comunicación mientras la mujer desaparece en silencio; alza la mirada hacia el frente y con disposición abandona la estancia. Mientras recorre los corredores hasta los aposentos de su tío se prepara mentalmente para lo que va a suceder: solicitar el favor de su tío para la empresa en la que se va a embarcar va a ser un esfuerzo titánico pero no hay otro modo; ganar primero, combatir después.

♦ Las Crónicas de Ayari ♦

Un leve crujido rompe la calma de la madrugada. Siempre alerta, incluso hoy. Está a salvo pero de igual modo se incorpora. La noche es fresca, con una fina brisa que se descuelga entre las grietas de la pared. Entreabre la puerta corredera y echa un vistazo al patio de la casa; todo está en calma, todo está silencioso y tranquilo. Un suspiro profundo se escapa de sus pulmones mientras una fugaz mueca de dolor aparece en sus ojos; la herida en el brazo no cura como debería y, si no puede sostener su arma, puede darse por muerto.

Se obliga a abandonar estos pensamientos mientras, de un vistazo, recorre la estancia. Es modesta, pequeña pero tampoco necesita mucho más. Agradece las atenciones de su tío; recurrir a él no estaba en sus planes, pero si la guerra le ha enseñado algo, es a estar preparado ante cualquier eventualidad. Su espada permanece en el pequeño promontorio improvisado, descansa envainada en su funda. Hace días que no la ha tocado, desde que la depositó donde reposa ahora mismo. Por un momento, extraña el tacto de la empuñadura, el contrapeso en su mano, la sensación de calma que le invade cada vez que posa sus dedos sobre ella. Se estremece al pensar en el último enfrentamiento y se siente estúpido; estuvieron a punto de acabar con su vida y cayó en una emboscada tan simple que hasta un niño de ocho años se hubiera dado cuenta de la trampa.

Se desliza silencioso entre los pliegues del futón pensando que, de no haber sido por Taro, quizá no estaría precisamente tumbado en el cálido lecho. Cuando amanezca ha de ir a las cuadras, el corte que el caballo recibió y que iba destinado a él es profundo y, debido a la accidentada huida, se ha agravado. Taro lleva con él desde hace cuatro años, la nobleza y la inteligencia del animal le sedujeron incluso antes de adquirirlo. Trae a su mente una imagen del caballo desmontando a los intrépidos jinetes que se atrevieron a montarlo antes que él y una sonrisa asoma a sus labios; hubo un momento en el que llegó a pensar que jamás lograría meter en cintura a la bestia pero tras unas jornadas agotadoras consiguió que mostrara los primeros signos de docilidad.

Ayari siente de nuevo el agudo dolor en el brazo mientras permanece tumbado mirando al techo. Acomoda la vista a la oscuridad y baja la mirada hacia donde sus ropas reposan. Un lacerante recuerdo acude a su mente; entre los pliegues de su hakama descansa el fino pañuelo de seda que le acompaña desde hace meses. Es uno de los pocos objetos personales que lleva consigo y, sin duda, el más preciado. Nota como tensa su mandíbula y afloja la presión, lo más complicado está por llegar, lo más difícil está por hacer piensa mientras cierra los ojos y deja que sus pensamientos fluyan libres.

El nuevo vecino (segunda parte)

Cuando Guille salió del ascensor, vamos, cuando su madre se lo llevó después de haberse aferrado a mi dedo y mientras veía su puño asomando por el lateral del carrito, mi cabeza comenzó su andadura. Pensaba en Guille, en como algo tan pequeño como pueden ser dos células se puede convertir en algo tan grande. Me da la sensación que la versión abreviada de “papá pone una semillita en mamá…” y todo eso se queda un poco corta, ¿no?, es decir, la parte técnica por todos es sabida pero, una vez que las dos células en discordia se han juntado, ¿qué más pasa?.

A priori suena absurdo y, si os soy sincera, no me había planteado esto hasta que vi a Guille (y he trabajado con bastantes niños); lo dicho, suena absurdo y tonto pero me asombra pensar que de dos células que no llegan ni a 0.20 mm entre las dos, después de nueve meses, consigan devolver como resultado una persona con todo lujo de detalles y en alta definición. Puedo juntar dos células de la piel, dos células de un órgano concreto, dos células cualquiera pero que sean iguales…perfecto, no os preocupéis, trabajarán juntas para generar más tejido del órgano al que pertenezcan. Sin embargo, estas son las dos únicas células distintas que son capaces de trabajar en equipo y es el único modo en que la una le aporte sentido a la otra. Cada una aporta sus 23 pares de cromosomas y ¡hale! a trabajar, ¿de verdad todo lo que soy ha comenzado de algo tan pequeño como puede ser el punto que hay al final de esta frase (o incluso más pequeño)?. Creo que si hay algo de magia en este mundo, esta es una de esas cosas que tienen que tener al menos una pizca para que el resultado sea el que es.

Sé que hay un código genético, una cadena de ADN kilométrica e inabarcable, estudios, investigaciones…pero qué queréis que os diga, un cuerpo que literalmente “fabrica” a otro en nueve meses… sólo una cosa, aún puedo ver una sombra en mi piel de una herida que me hice hace 6 meses en la pierna; acudo a la lógica para lograr entender la diferencia, son células, se regeneran y se reparan. La imagen de Guille vuelve a mi cabeza con sus enigmáticos ojos brillantes de ningún color y pienso que, si bien las personas somos capaces de hacer cosas increibles, de superarnos día a día, de lograr lo nunca visto, quizá los mejores trucos de magia no sean para hacerlos solos.

El nuevo vecino (primera parte)

El bolso, las llaves, la chaqueta (que la llevo en la mano por el antinatural calor de esta época del año); estoy esperando el ascensor después de un día que se ha complicado por la ya familiar falta de sueño. También dos días seguidos con migraña, todos los que no la padecéis no sabéis la suerte que tenéis, quizá haya sido el cambio de hora y que ahora estoy más tiempo a la luz y tengo que acostumbrarme, no lo sé. El caso es que rebusco las llaves en el bolso mientras abro la puerta del ascensor, las he vuelto a guardar aún necesitándolas para poder entrar en casa y, de repente, una voz me pide que espere, sujeto la puerta y el ascensor se llena con un carrito de bebé y una chica joven. Mientras su pareja le entrega unas bolsas y habla con ella me fijo en el carrito y en su contenido.

Su contenido se llama Guille, lo sé porque lo pone en su chupete, un chupete que no mueve y que mantiene en la boca por una razón desconocida. Está inmerso en un capazo mullido y lleva puesto un gorrito de color blanco en la cabeza. Es pequeño, a ojo le echo unos 4 meses pero, realmente, no tengo ni idea. Desde que ha entrado en el ascensor mira hacia donde estoy aunque no me ve. Mira en mi dirección con esos ojos ni negros ni grises ni azules que tienen los bebés, ese color indeciso y brillante. Sé que no me ve, que solo soy una sombra, un contorno poco definido pero seguro que le llama la atención mi vestido de color granate; se supone que a esa edad el rojo, el negro y el blanco en sus gamas más intensas es de lo poco que discriminan. Me mira con sus ojos huecos de tal forma que siento que tengo que hacer algo. Alargo la mano hacia él, extiendo el dedo índice y le toco la punta de la nariz que no es más que un levísimo montículo con dos agujeritos perfectamente redondos, me hace gracia y a él parece que también, ha aflojado la presión sobre el chupete, supongo que no se lo esperaba. Repito el gesto mientras gira la cara y me fijo en sus manos.

Tiene los puños apretados, y no afloja la presión ni cuando rozo el nudillo de su dedo meñique. Supongo que no tiene motivos para extender las manos, al fin y al cabo no sabe que hay más allá ni puede verlo así que entiendo su cautela. Con mi dedo meñique despliego el suyo, cuesta separarlo del resto y sujeto su huella dactilar contra la mía. Casi sin darme cuenta desliza el resto de sus dedos y atrapa mi dedo con fuerza. Parece mentira que algo tan pequeño contenga tal cantidad de energía y me da que pensar que esa persona tumbada en ese carrito no puede definirse en tan solo seis letras…

Descubrimientos & Reencuentros

Tan sólo fue un gesto rutinario, lo hago varias veces a lo largo del día, pero justo en ese momento, en ese lugar, llamadlo casualidad, llamadlo como queráis, las circunstancias hicieron que vinieras a mi cabeza como el torrente de un río. Al alargar la mano derecha para ponerme el cinturón de seguridad, en ese gesto que hacemos todos girando levemente la cabeza, descubrí un rastro de tu perfume impregnado en el tejido del cinturón. Mil y una imágenes sacudieron mi cerebro como una proyección acelerada de diapositivas: momentos, lugares, gestos, sensaciones se agolparon dentro del habitáculo de mi coche y me acompañaron durante todo el día. Aún a día de hoy cosas como estas consiguen sorprenderme y no es para menos; me gusta saber que algo tan mínimo, tan ínfimo como un olor fugaz haya sido capaz de traer tanto por tan poco.

El día siguió como tantos otros pero mi cabeza seguía pensado en lo que me sucedió en el coche. En mi lucha continua por intentar dormir mejor, he retomado el hábito de realizar ejercicio después de volver del trabajo o cuando dispongo de algo de tiempo libre. En otros momentos de mi vida he sido muy disciplinada pero, desde hace un año, tengo que reconocer que me he relajado en exceso, posiblemente invadida por otras ocupaciones y preocupaciones. El caso es que, a pesar del cansancio, salí a correr y me fui al parque donde voy desde hace años. Estiro un poco antes de empezar y me pongo a ello, me gusta correr con música, incluso a veces en silencio; consigo entrar en una especie de automatismo en el que mi mente se relaja, todo fluye sin pensar, al ritmo de la música (en concreto ha sido una sesión con música de U2). Comenzé a correr y en la segunda vuelta escuché unas pisadas detrás de mi, con cierta cadencia y el trote de un perro; hay muchos dueños que hacen deporte con sus animales. Cuando me paré para anudarme el cordón de la zapatilla derecha que se había aflojado noté una presión contra un costado, el olor inconfundible de un perro y allí estaba otra vez. Kazak me miraba con sus ojos simpatiquísimos y no pude por menos que coger su carita peluda entre mis manos. Me abrazó; el equivalente perruno a un abrazo humano fue apoyar su cabezota en mi hombro, pegada a mi cuello…

No podría explicar lo mucho que me impactó ese gesto. Cuando me levanté para saludar a sus dueños que se estaban riendo porque según sus palabras, “soy un imán para su perro”, Kazak se había derrumbado sobre sus patas traseras, en ese gesto tan desenfadado y gracioso para un perrazo tan grande. Tras intercambiar unas palabras con ellos iba a continuar mi carrera pero Kazak quería venirse conmigo y les dije que si querían yo iba a dar una vuelta más y que les vigilaría al perro. Se estaban riendo por lo cómico de la situación y no les pareció mal. Kazak corría un poco por delante de mi y miraba hacia atrás, disfruté esa vuelta como ninguna otra y al remontar la subida por el lado opuesto del parque, Kazak, siempre un poco adelantado se paró a la altura de un chico que estaba apoyado en una furgoneta blanca y descuidada (tipo Kangoo pero más vieja). El chico lo acarició pero Kazak, en vez de continuar, se quedó sentado y cuando alargué la mano para cogerle del arnés y obligarle a avanzar, vi en uno de los laterales de la furgoneta una pegatina redonda y negra con una estela cántabra, tan familiar para mí, que ponía lo siguiente: “Escuela cántabra de surf – Playa de Somo”. Me quedé desarmada y lo que quedaba de subida lo hice andando, dejé a Kazak con sus dueños y la despedida me trajo a la memoria otra con más significado. Me marché a casa pensativa, andando despacio, casi arrastrando los pies…tanta casualidad, cosas tan específicas, tan concretas; sólo necesito algo más de tiempo, nada más.

P.D.: La fotografía es del parque donde voy siempre, otro día más y mejores fotos…en esta el día estaba nublado.

El valor de una palabra

El lunes fue un día de decepciones, de noticias a destiempo, de buscarte y no encontrarte, de peleas, de batallas, de perder pie y no encontrar donde sostenerme. A duras penas he logrado llegar a casa; me ha costado un viaje que se me ha hecho eterno y más de mil lágrimas. Noté una tensión atenazándome la garganta, un dolor tenso, como si retener todo lo que se había acumulado fuera una laceración abriéndose paso. Y fue cerca del Puente de Ventas, al pasar aquella ambulancia con su sirena ensordecedora, con su urgencia y su prisa, cuando, sin más, se me saltaron las lágrimas. Conducir y llorar no es muy recomendable y he debido de dar un poco de pena la verdad; en una retención unos metros más allá un chico y una chica en un coche me han dibujado una cara sonriente con vaho en el cristal mientras me sonreían ellos también a través de los cristales. Me ha parecido un detalle muy bonito, supongo que el gesto, aunque simple, vale tanto como la intención.

He buscado comunicarme durante toda la mañana, poder decir como me siento pero no había nadie al otro lado a pesar de las llamadas, los mensajes o los whatsapp…sólo silencio, un silencio que solo me devolvía el reflejo de mi misma al otro lado. Pensaréis que lloro a menudo y creedme cuando os digo que no es cierto; sonreir se me da mejor. El caso es que yo buscaba o necesitaba una palabra o un conjunto de palabras, como cuando te duele mucho la cabeza y buscas un paracetamol. He pensado que quizá no me merecía esa palabra o esas palabras o que, simplemente, no tenga a nadie que me las haga llegar (eso sí que me pone triste). El valor de esas palabras quizá sea demasiado alto y nadie haya querido gastar saliva en un bien tan preciado, puede que sea eso. Quizá a mi me sobran palabras y gestos de cariño cuando otros los necesitan y me falta tiempo para inventar una y mil maneras de ponerle color al día, sobre todo si eres tu el que lo necesita. ¿Tanto cuestan las palabras? ¿Cuáles son las palabras que más cuestan?

Ocupaciones

¿Cuántas veces te han dicho “ahora no, estoy liado/a” ? Esperas, porque entiendes que el ritmo de vida actual impone ciertas obligaciones a las que ninguno podemos escapar. Quieres creer que, así como tu te preocupas por aquellos que te importan y quieres de verdad, a ti también te abrirán un hueco en sus vidas. Amargamente, en muchas ocasiones, no es así y te sientes imbécil. Sentirse imbécil no es tu monopolio y tampoco el mío, créeme, aunque a veces te parezca que eres el fundador de tan digna institución; yo, en muchas ocasiones, me siento patrocinadora oficial. No harías honor a tan insigne distinción si no intentaras atenuar la importancia de que se hayan olvidado de ti, aludiendo a que, las personas en cuestión, están muy ocupadas, bla bla bla. Pero piensa una cosa: tu también estas hasta arriba de cosas y aún así eres capaz de salvaguardar en tu día a día unos minutos, unos momentos para demostrarle a la persona o personas en cuestión que son importantes para tí, entonces ¿qué diferencia hay? La diferencia fundamental es que tú eres tú y se te da mejor, como a mi, preocuparte y ayudar a los demás, más que a ti mismo. Nunca aprenderemos, es una realidad que hay que asumir, no se trata de cambiar y ser más egoista, no creo que ese sea el camino.

El día es duro de llevar y todo va tan rápido que, si lo piensas fríamente, te das cuenta que estamos en marzo y hace nada, acababamos de empezar el año. En todos tus días con sus noches hay más de una persona que se preocupa por ti y te quiere: familia, amigos… y tu no dices nada; tan solo rutina y silencio llenan tu día. Piensa cuántas veces le has dicho a alguien que te importa lo mucho que le quieres, o lo importante que es para ti o le has dedicado verdaderamente un tiempo. Piensa por un momento si mañana esa persona ya no estuviera ahí….¿qué? ¿cómo te sientes?….. Entonces, actúa en consecuencia.

Ella, la araña

Lo que empezó como una simple anécdota adquirió tintes de rutina durante esos meses. Al comenzar el buen tiempo, en mi camino diario me paré frente a la puerta del garaje buscando las llaves. Fue entonces cuando un reflejo hizo que fijara la vista en la parte superior de la puerta. Allí, meciendose al ritmo de la brisa de la mañana, había una tela de araña finísima, como una obra de arte abierta al público. Las obligaciones diarias no entienden como se ha de nutrir el alma de vez en cuando, así que, sin prisa pero sin pausa, bajé a por mi coche.

Al volver del trabajo y abrir la puerta de nuevo, volví a fijarme y allí estaba de nuevo. La telaraña se había desprendido de un lado y ondeaba como una bandera blanca que no conoce la victoria de asumir la derrota. Al día siguiente regresé con la intención de ver la evolución de Ella (el nombre me vino sin más, ya sé que tiene copyright) y pude ver como se había esmerado en hacer una telaraña del mismo tamaño pero más tupida y, en el centro, estaba la dueña de semejante obra de arte. Descansaba al sol, como si se recompensara por la ardua tarea que había hecho en las horas anteriores, inmóvil pero altiva, como reclamando para si las miradas dirigidas a su tela. Desde entonces abrí y cerré la puerta con sumo cuidado; unas veces Ella estaba en su tela, otras veces no había rastro de ella. Durante los meses de verano cambió el tamaño de la tela y los puntos donde la fijaba, diseñó intrincadas formas, clásicas, abstractas. Un día, a primeros de septiembre, vi que la tela que todos los días tenía alguna novedad, estaba laxa, sin tensión en sus hilos y sin rastro de la tejedora. En los días posteriores pude ver como la telaraña redujo su tamaño y se volvió tosca, con una total ausencia de gracilidad y, de repente, una mañana como otra cualquiera dejó de estar ahí.

Hoy ha sido uno de esos días en los que he alzado la vista y he echado de menos ver el mosaico semitransparente de esa tela. Supongo que Ella la recogió (de hecho se la comió para recuperar fuerzas como suelen hacer estos bichitos) y se marchó. Quizá de este modo asumió las consecuencias de haber hecho su tela en el lugar que lo hizo. Puede que Ella, como cualquiera de nosotros, decidiera un día recoger sus cosas y cambiar de perspectiva, de horizonte y arriesgarse un poco. Puede que al acordarme de ella vaya siendo hora de pensar en las cosas que quiero cambiar, coger lo imprescindible, estar donde quiero estar y como quiero estar y darle la forma que verdaderamente quiero a la tela que es mi vida.

Autosabotaje

Como cualquier rebelión o motín, las cosas comienzan a cambiar de forma sutil, apenas son pequeños matices que despuntan en una rutina. A medida que el tiempo pasa, los sucesos se magnifican y la sutileza da paso a otras señales menos ingeniosas y delicadas. Sufro de autosabotaje y no, no soy hipocondriaca ni nada parecido, pero esto se empieza a notar y mucho (guiño – guiño).

Imaginad que disponeis de 45 minutos para prepararos antes de salir para ir a trabajar. Durante ese tiempo te dedicas a despegarte de la cama, levantarte, asearte, desayunar, vestirte, bla bla bla; todas esas cosas que hacemos cuando nos levantamos para ir a cualquier otro sitio. Si ese tiempo fue suficiente hace, digamos 3 o 4 meses, para hacer todo lo que una mujer tiene que hacer antes de salir por la puerta, ¿por qué ahora sufro de un retraso en mi horario de 15 minutos? !!! nada más y nada menos. Me sincero con vosotros si os digo que no sé donde invierto esos 15 minutos, de verdad; si me tengo que maquillar generalmente lo hago en el coche cuando consigo aparcar, ya que me sobra tiempo así que, desconozco en que se va ese tiempo. Y ahí me tenéis, esta mañana sin más en la cocina, con dos manos que parecían dos pies y dos pies que parecían dos manos; nada a derechas, todo al revés. Y después frente al armario, con un ataque de tos de aúpa y con el sempiterno qué me pongo… qué mas dará me dice mi otro yo, mientras en medio de tal batalla dialéctica me congelo en ropa interior. Un color, una idea y alargo la mano para coger un pantalon y un jersey y eso no es lo mejor. ¡Hasta tres veces he llegado a abrir y cerrar el cajón de los calcetines! y era consciente desde la primera apertura, que los calcetines que estaba buscando no estaban allí pero no sé si mi mente pensó que mi cajón era una especie de facsímil de el gato de Schrödinger…, esta claro que la mecánica cuántica y los calcetines nunca se han llevado bien o eso creo.

Cuando creía que mi proceso estaba acabado, ha llegado el momento de las botas, equilibrios sobre un pie y saltitos varios dignos de un espectáculo del Cirque du Soleil con las llaves del coche en la mano…miro el reloj y veo que saldré de casa 15 minutos más tarde de lo que tendría que ser habitual. En el ascensor he pensado que si bien mi cuerpo me da avisos porque no se siente cómodo (del todo respetable y a tener en consideración), mi mente está obviando las leyes del decoro y la educación; tendré que hacer algo al respecto, está más que claro.

P.D.: Para el que no se crea que el día estaba siendo raro, raro, en mi camino al trabajo he dejado dos Mercedes Vito atrás, una granate y otra verde…¿casualidad? NO LO CREO

Las formas del silencio

Todos los silencios son relativos, el silencio absoluto no existe. Da igual que te levantes en medio del campo, en el desierto más retirado o en tu habitación. Nunca has escuchado el verdadero silencio. Hoy escribo acerca del silencio porque no puedo hablar, tengo una prohibición por escrito en la que el médico me ha indicado “reposo de la voz”; creedme si os digo que hubiera sido mucho más sencillo ir a buscar el Arca de la Alianza que guardar silencio. De vez en cuando hago intentos por hablar, por intercambiar unas palabras, pero mis cuerdas vocales no consiguen emitir más que palabras ahogadas.

El silencio se escribe, tiene grafía propia que así lo representa, pero el verdadero valor del silencio depende de las palabras que lo preceden. Es preciso hacer el silencio en la escucha y en la mirada para descubrir las formas del silencio; he conseguido encontrarle sentido a esta frase después de más de un día en un silencio solo interrumpido puntualmente por mis fallidos intentos de comunicación. Los silencios son respiraciones que reclaman la atención, respirar es crear un hueco, un espacio en el que la atención puede desplegarse.

El estudio del silencio ha tenido una figura representativa o destacable, el músico norteamericano John Cage; el silencio es la melodía más buscada para él. Y entonces pensaréis, ¿qué ocurre cuando uno se queda en silencio?. Todos tenemos la respuesta ya que todos lo hemos vivido o experimentado. Cuando uno se queda en silencio se escuchan las ideas que rondan la cabeza, que pululan por todos los rincones; aquellas que se arrinconan sin más en una esquina del cerebro y aquellas que pujan por salir al exterior como si quemaran en la boca. Para mí, el silencio es el ruido más fuerte, quizá el más fuerte de los ruidos; la parte positiva es que aún privada de la palabra puedo hacerme escuchar.