Ella, la araña

Lo que empezó como una simple anécdota adquirió tintes de rutina durante esos meses. Al comenzar el buen tiempo, en mi camino diario me paré frente a la puerta del garaje buscando las llaves. Fue entonces cuando un reflejo hizo que fijara la vista en la parte superior de la puerta. Allí, meciendose al ritmo de la brisa de la mañana, había una tela de araña finísima, como una obra de arte abierta al público. Las obligaciones diarias no entienden como se ha de nutrir el alma de vez en cuando, así que, sin prisa pero sin pausa, bajé a por mi coche.

Al volver del trabajo y abrir la puerta de nuevo, volví a fijarme y allí estaba de nuevo. La telaraña se había desprendido de un lado y ondeaba como una bandera blanca que no conoce la victoria de asumir la derrota. Al día siguiente regresé con la intención de ver la evolución de Ella (el nombre me vino sin más, ya sé que tiene copyright) y pude ver como se había esmerado en hacer una telaraña del mismo tamaño pero más tupida y, en el centro, estaba la dueña de semejante obra de arte. Descansaba al sol, como si se recompensara por la ardua tarea que había hecho en las horas anteriores, inmóvil pero altiva, como reclamando para si las miradas dirigidas a su tela. Desde entonces abrí y cerré la puerta con sumo cuidado; unas veces Ella estaba en su tela, otras veces no había rastro de ella. Durante los meses de verano cambió el tamaño de la tela y los puntos donde la fijaba, diseñó intrincadas formas, clásicas, abstractas. Un día, a primeros de septiembre, vi que la tela que todos los días tenía alguna novedad, estaba laxa, sin tensión en sus hilos y sin rastro de la tejedora. En los días posteriores pude ver como la telaraña redujo su tamaño y se volvió tosca, con una total ausencia de gracilidad y, de repente, una mañana como otra cualquiera dejó de estar ahí.

Hoy ha sido uno de esos días en los que he alzado la vista y he echado de menos ver el mosaico semitransparente de esa tela. Supongo que Ella la recogió (de hecho se la comió para recuperar fuerzas como suelen hacer estos bichitos) y se marchó. Quizá de este modo asumió las consecuencias de haber hecho su tela en el lugar que lo hizo. Puede que Ella, como cualquiera de nosotros, decidiera un día recoger sus cosas y cambiar de perspectiva, de horizonte y arriesgarse un poco. Puede que al acordarme de ella vaya siendo hora de pensar en las cosas que quiero cambiar, coger lo imprescindible, estar donde quiero estar y como quiero estar y darle la forma que verdaderamente quiero a la tela que es mi vida.

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