El nuevo vecino (primera parte)

El bolso, las llaves, la chaqueta (que la llevo en la mano por el antinatural calor de esta época del año); estoy esperando el ascensor después de un día que se ha complicado por la ya familiar falta de sueño. También dos días seguidos con migraña, todos los que no la padecéis no sabéis la suerte que tenéis, quizá haya sido el cambio de hora y que ahora estoy más tiempo a la luz y tengo que acostumbrarme, no lo sé. El caso es que rebusco las llaves en el bolso mientras abro la puerta del ascensor, las he vuelto a guardar aún necesitándolas para poder entrar en casa y, de repente, una voz me pide que espere, sujeto la puerta y el ascensor se llena con un carrito de bebé y una chica joven. Mientras su pareja le entrega unas bolsas y habla con ella me fijo en el carrito y en su contenido.

Su contenido se llama Guille, lo sé porque lo pone en su chupete, un chupete que no mueve y que mantiene en la boca por una razón desconocida. Está inmerso en un capazo mullido y lleva puesto un gorrito de color blanco en la cabeza. Es pequeño, a ojo le echo unos 4 meses pero, realmente, no tengo ni idea. Desde que ha entrado en el ascensor mira hacia donde estoy aunque no me ve. Mira en mi dirección con esos ojos ni negros ni grises ni azules que tienen los bebés, ese color indeciso y brillante. Sé que no me ve, que solo soy una sombra, un contorno poco definido pero seguro que le llama la atención mi vestido de color granate; se supone que a esa edad el rojo, el negro y el blanco en sus gamas más intensas es de lo poco que discriminan. Me mira con sus ojos huecos de tal forma que siento que tengo que hacer algo. Alargo la mano hacia él, extiendo el dedo índice y le toco la punta de la nariz que no es más que un levísimo montículo con dos agujeritos perfectamente redondos, me hace gracia y a él parece que también, ha aflojado la presión sobre el chupete, supongo que no se lo esperaba. Repito el gesto mientras gira la cara y me fijo en sus manos.

Tiene los puños apretados, y no afloja la presión ni cuando rozo el nudillo de su dedo meñique. Supongo que no tiene motivos para extender las manos, al fin y al cabo no sabe que hay más allá ni puede verlo así que entiendo su cautela. Con mi dedo meñique despliego el suyo, cuesta separarlo del resto y sujeto su huella dactilar contra la mía. Casi sin darme cuenta desliza el resto de sus dedos y atrapa mi dedo con fuerza. Parece mentira que algo tan pequeño contenga tal cantidad de energía y me da que pensar que esa persona tumbada en ese carrito no puede definirse en tan solo seis letras…

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