♦ Las Crónicas de Ayari – I ♦

Lealtad y honor. Ayari sacude la cabeza con pesar al evocar esos dos conceptos. Hubo un tiempo en el que fueron los pilares en los cuales todo su mundo se asentaba, donde todo tenía significado y ahora, sin embargo, todo se ha vuelto gris y confuso. Sentado junto a la fuente observa como una carpa de color rubí se desliza suavemente por el agua describiendo formas sinuosas en su camino. Ha conseguido evadir a su tío pero no por mucho más; retirado en su residencia de verano ansía noticias del  reino y después de unos días esquivándole tendrá que hacerle frente. Las mujeres de la casa entran riendo en el patio y, súbitamente, guardan silencio, bajan la mirada y se dirigen hacia el pequeño huerto que hay junto a las cuadras.

De entre todos los guerreros al servicio del señor Ichiyo, Ayari había destacado por su destreza con la espada, su habilidad para el combate y la estrategia y una locuacidad poco común. Quizá fue esa la razón por la que el señor Ichiyo lo escogió como parte de su guardia personal; aún recuerda las conversaciones distendidas entre él y su señor, ambos disfrutaban de esos breves intercambios de opiniones acerca de la guerra, del reino, del desarrollo industrial y las consecuencias que traería. Añora ese tiempo en el que todo era de una simpleza casi transparente o, al menos, eso era lo que creía. Escucha el relincho inconfundible de Taro en las cuadras que lo saca de su ensimismamiento

 y acude a la llamada de su montura. La última vez que fue a los establos, unos niños de las casas cercanas estaban arrinconados en una esquina, mientras el caballo, seguramente enfurecido por alguna travesura infantil, se encabritaba de forma violenta.

Al entrar en la cuadra percibe el aroma fresco de la hierba que han traído para su cabalgadura. Taro esta atento a la puerta por la que entra, con las orejas rectas y en constante atención. Ayari tiende su mano hacia el hocico y el caballo roza con suavidad su palma mientras acerca su gran cabeza hacia la de su dueño. Ese gesto tan familiar reconforta a Ayari; pronto, muy pronto volveran a recorrer los caminos en mutua compañía. Acaricia la frente de Taro y desliza la mano hasta el cuello donde la herida ha comenzado a sanar lentamente. El animal empuja suavemente a su dueño en un gesto juguetón, como si supiera que era el momento para evitar que su mente se adentrara en otros recuerdos y su amo le tira suavemente de las crines mientras el caballo relincha contento. Abandona las cuadras y sale de nuevo al patio. Un olor denso y sabroso se dispersa por el aire advirtiéndole que se acerca la hora de la comida; su tío le ha pedido expresamente compartir mesa con él, más que una petición es una orden.

Ya en sus aposentos se prepara para el encuentro, mientras se recoge el pelo con esmero y se ciñe el kimono. Su espada continua inmóvil en el altar; ha preferido no tratar de forzar antes de tiempo la recuperación de su brazo aunque, el no llevarla, hace que le embargue una falsa sensación de desnudez. Una sirvierta abre la puerta y realiza una elaborada reverencia que le indica que le están esperando. Con una inclinación de cabeza da su conformidad a la comunicación mientras la mujer desaparece en silencio; alza la mirada hacia el frente y con disposición abandona la estancia. Mientras recorre los corredores hasta los aposentos de su tío se prepara mentalmente para lo que va a suceder: solicitar el favor de su tío para la empresa en la que se va a embarcar va a ser un esfuerzo titánico pero no hay otro modo; ganar primero, combatir después.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s