♦ Las Crónicas de Ayari – II ♦

Ayari respira hondo antes de deslizar la puerta con suavidad. Su tío, Kohtaro, está sentado a la mesa con las manos apoyadas en las rodillas. Contempla el jardín que se extiende ante la estancia, el perfume de las fragantes flores traídas de Europa invade la estancia, mezclándose con los efluvios de la comida. Ayari se inclina, el protocolo exige una reverencia que, de otro modo y en otras circunstancias, no llevaría a cabo. Al levantar la vista puede comprobar como su tío continúa en la misma posición y, mientras se acomoda frente a él, lo observa cuidadosamente. No lo había visto en mucho tiempo, trae a la memoria un recuerdo lejano, cuando era solo un niño. Recuerda un hombre alto, de anchas espaldas, con ojos despiertos, inteligentes, serio e inflexible. Apenas puede reconocer algo de aquella persona en el hombre que tiene delante.

Una de las mujeres de la casa vierte cuidadosamente té en un recipiente, primero a su tío y luego a él. Traen la comida, primorosamente presentada; su tío continua inmóvil en la misma posición. Es exasperante – piensa Ayari – mientras mira sus manos con la mirada baja. No es el momento de hacer valer su status y menos en casa de su tío; la relación con su madre se deterioró desde que contrajo nupcias con su padre. Kohtaro, como primogénito de la familia, nunca estuvo de acuerdo con aquel enlace y el estrecho vínculo que tenía con su hermana se esfumó como la niebla al salir el sol. Percibe un movimiento en el cuerpo de su tío, se acomoda frente a la mesa y se dispone a comer; aún no ha pronunciado ni una sola palabra, no ha realizado ni un solo gesto que delate su estado de ánimo. Ayari deja la mente en blanco y se dispone a comer; sería de mala educación por su parte iniciar una conversación aunque las palabras le queman la lengua. Coge con cuidado un pedazo de carne y se lo lleva a la boca; hace tiempo que no probaba la carne, las misiones y empresas en las que se ha visto envuelto han conllevado comidas frugales y parcas, ni ostentaciones ni lujos que se aproximen a la mesa frente a la que se encuentra.

Ensimismado con el sabor de la comida se da cuenta demasiado tarde que su tío le observa con ojos curiosos, fríos y escrutadores. Ayari baja la mirada e inclina la cabeza.

– Nunca pensé que volvería a verte – dijo su tío.

Ayari se sorprende al escuchar su voz, suena resignada pero afilada como un cuchillo. Fija la mirada en sus ojos mientras nota que el calor de una cólera incontenible sube por su espalda. Aprieta los puños hasta que los nudillos se vuelven blanquecinos por efecto de la presión. Piensa en las palabras adecuadas que debe pronunciar pero sin previo aviso, Kohtaro se enzarza en un cuasi monólogo acerca de política, mandatarios de la ciudad, aperturismo a los europeos que arriban a la costa en inmensos barcos, conspiraciones. Como cualquiera de los hombres a los que se ha enfrentado, Kohtaro también tiene un punto débil, quizá no físico pero, psicológicamente, hay un punto ciego con el que no cuenta. Ayari detesta tener que recurrir a este tipo de maniobras, siempre se ha caracterizado por ser un guerrero y un hombre directo, limpio, rápido, infalible.

– Hace dos meses vi a Yoshiro, coincidimos en el mercado de una ciudad – dice Ayari-, tengo una carta de su parte.

Kohtaro palidece mientras abre desmesuradamente los ojos. Ayari observa expectante su reacción y se debate entre la satisfacción ante un buen golpe de efecto y la irritación de haber tenido que recurrir a semejante hecho.

– Cuéntamelo todo, por favor – susurra Kohtaro con cara de súplica mientras clava sus ojos en Ayari.

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