Ajustando el alma

Tumbada en la camilla clavo los ojos en el techo. Intento acompasar mi respiración y hacerla profunda e inspirar de forma pausada. Contemplo en la penumbra la pintura del techo y las minúsculas protuberancias que esbozan miles de formas. Con las manos en las caderas intento dejar la mente en blanco; nunca se me ha dado bien no pensar o pensar a menor velocidad. Desde el lunes todo se hizo complicado, no sé porque he vuelto a pensar en ello, ahora siento como una angustia me invade atenazando el pecho, una presión intensa en el esternón y un quejido se escapa de mi garganta sin que apenas me dé cuenta. Siento como el calor colorea mis mejillas y cierro los ojos como si ese gesto me ayudara a no pensar.

Ella entra en la sala y enciende la luz. Me mira y sé lo que piensa con solo hacerlo. Soy transparente como un folio a la luz de una bombilla. Escoge con cuidado las agujas, las extrae de forma lenta de su aséptico envoltorio; me mira sabiendo que he vuelto porque algo no ha de estar bien, el que esté tumbada en esa camilla hace que frunza el ceño y puedo notar como evalua cada gesto que hago por mínimo que sea. Escruta mi mirada, cada parpadeo, cada inspiración, retira con suavidad el reloj de mi muñeca y lo deposita en algún lugar fuera de mi vista. Con sus manos agarra mis muñecas e introduce sus dedos en un pequeño hueco bajo la base del pulgar.
– Tu pulso no es el que debería, bueno, hay muchas cosas que en ti no están como debieran – dice con gesto serio. Me toca la cabeza mientras busca el punto concreto y desliza una aguja; no la siento, no he notado nada. Desliza el dedo corazón y anular entre mis cejas y clava otra de las agujas. Toma de nuevo mis muñecas y palpa cuidadosamente buscando una zona concreta.
– Inspira y expira – dice mientras presiona otra aguja contra mi piel. Noto un ligero picotazo que se esfuma al instante. Repite la operación en la otra muñeca pero no consigue encontrar el lugar exacto a la primera, clavando en dos ocasiones la aguja hasta darse cuenta que está perfecta. Mientras palpa el esternón buscando un punto intermedio que duele al ser presionado, pienso en que me asemejo mucho a las mariposas que algunos coleccionistas ensartan con alfileres en cajas de madera. Mientras pienso en esto descubre mis pies y busca un lugar cerca del dedo meñique. Esa ha dolido más, la ha clavado más profundo; ella lo sabe y me explica el porque.

Habla un poco más conmigo antes de dejarme sola en la sala, oigo todo lo que me dice pero desvío mi atención en algunas partes y al final lo único que tengo son palabras sueltas. Me mira a los ojos con preocupación y me dice.
– Tu nunca has sido una persona triste, no me lo explico -.
Esa frase me pilla por sorpresa y mientras apaga la luz y sale en silencio de la habitación, miro de nuevo el techo mientras se emborrona ante mi vista. Pienso en mariposas clavadas en cajas, ordenadas y alineadas perfectamente. Siempre me ha fascinado saber porque una vez las tocas, una vez rozas sus alas, no pueden volver a volar; es otra de esas pequeñas cosas en este mundo que tienen un toque de magia. Sin embargo, sus agujas son muy diferentes a las mías: las suyas les privan absolutamente de todo, las mías son la perspectiva de poder volver a volar.

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