Lobos y Caperucitas

De todos los cuentos clásicos, Caperucita roja y el lobo feroz, siempre llamó mi atención por lo inusual de la historia. La versión edulcorada que conocemos no es el cuento original; supongo que la crudeza del final auténtico no era apta para los más pequeños. ¿Qué cómo acababa el cuento en verdad? “…..el malvado lobo se arrojó sobre Caperucita y se la comió. Fin.” Obviamente la historia tiene su moraleja y un trasfondo que va mucho más alla de un bosque, un lobo y una niña con una cestita. Con este cuento en la cabeza he pasado los últimos diez días pensando en la historia y desmenuzando cada palabra.

En una de mis noches de insomnio impuesto, llegué a la conclusión siguiente: ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos. Casi podría afirmar que el lobo es el ser más inocente de toda la historia y Caperucita una suerte de niña que consigue llevar la expresión libre albedrío a los extremos más insospechados. Los cuentos, al fin y al cabo, no dejan de ser historias con una base de verdad y la verdad se ve, se palpa, se siente, se experimenta. A la mañana siguiente estuve valorando, a medida que me iba cruzando con personas, quien era lobo y feroz y quien era caperucita y roja. El experimento sociológico acabó por confirmar mis sospechas y estimaciones: los pocos lobos que hay son inofensivos y las caperucitas abundan y en sus ojos hay un destello de maldad. ¿Quién llevaría una caperuza de color rojo con otra intención que no fuera llamar la atención? Nadie, esa es la respuesta.

Sin embargo, Feroz siempre se llevó la peor parte de la historia aún mostrándose desde el principio tal y como era. Recuerdo como los ojos se me fueron cerrando poco a poco pese a faltar algo menos de una hora para levantarme. Lo siguiente que recuerdo es a mi misma en un lugar sombrio, en una calle que no conozco. Todo está oscuro a excepción de una leve claridad a unos pocos pasos de mi. El lobo me mira a lo ojos, me observa de forma pausada mientras intento evitar su iris ambarino pero no es posible. Por un segundo, sus ojos y los míos conectan como si estuvieran unidos por una férrea cadena y avanzo hacia él con cautela. Puedo notar como tensa su cuerpo mientras avanzo y extiendo mi mano hacia su cabeza; casi puedo escuchar sus látidos y los míos en el silencio de la oscuridad que nos envuelve y rozo el pelaje con la punta de los dedos. La tensión se desvanece como una cortina de agua y una dolorosa sensación de vacío me invade mientras da la vuelta y se marcha. Mientras me alejo, miro hacia atrás y, por un segundo, pienso que estará aún ahí….pero Feroz se ha esfumado en la oscuridad.
Pobre Caperucita.

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