El hilo rojo del destino

Fue la portada de un libro lo que hizo que mi curiosidad se disparara. No era más que un hilo rojo enlazado a un dedo meñique pero aquella imagen me persiguió durante todo el día. Cuando finalmente decidí sentarme al ordenador para escribir acerca de lo que me había sugerido aquel dibujo, busqué algo de información por si podía arrojar algo de luz al porqué me había resultado tan familiar y había llamado de tal manera mi atención. Me sorprendí cuando el buscador me devolvió exactamente la respuesta a aquella imagen. El Hilo Rojo es una leyenda anónima de origen chino, que dice, que entre dos o más personas que están destinadas a tener un lazo afectivo existe un hilo rojo invisible, que va con ellas desde su nacimiento. Este hilo existe de forma independiente al momento en el que vayas a conocer a esa persona y no puede romperse en ningún caso; puede estar más o menos tenso pero es siempre una muestra de un vínculo irrompible.

Miro con atención el dedo meñique de mi mano derecha pensando cuantos hilos parten de él y hasta donde irán. Quizá mi dedo meñique esté repleto de ellos y se extiendan a lo largo y ancho de este planeta hasta países que no conozco, hasta personas que aún no he visto o puede que existan hilos cuyo recorrido sea más corto, que me lleven hasta una ciudad cercana o que enlazen al otro lado a una persona importante; puede que hasta la haya visto en alguna ocasión pero aún no hayamos cruzado una sola palabra, el mundo es muy pequeño, creedme. Lo más parecido a esos hilos rojos es una pulsera del mismo color en mi muñeca; un cordón rojo de algodón trenzado que termina en dos remates en plata. Da cinco vueltas a mi muñeca y, a pesar de que los números impares no me gustan, esas cinco vueltas son perfectas tal y como están.

El concepto del hilo rojo y la historia que cuenta choca totalmente con la supuesta serendipia que envuelve el mundo y nuestro paso por él. ¿Y yo que pensaba que en el último momento tomé la decisión de ir a ese concierto, quedé a tomar algo con esa amiga o decidí ponerme esa falda negra en vez de otra? Vaya, pues ahora resulta que no, que lo que yo pensé que fue una decisión de última hora es algo que ya estaba contemplado en el devenir del universo. Sea como fuere, mi arteria ulnar conecta mi corazón a mi dedo meñique y, por tanto, tú permaneces conectado a mi aunque hasta a día de hoy yo no me había dado cuenta y puede que tú tampoco. Quiza, en ese hilo rojo compartido, haya un nudo o un enredo que cueste deshacer pero,  de una forma u otra, seguimos conectados.

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