Un, dos, tres, al escondite inglés

Quieta, inmóvil, con los ojos cerrados noto como el agua cae sin pausa sobre mi frente. Estoy en la ducha y no se oye más que el repiqueteo del líquido elemento; si presto suficiente atención casi puedo oir el palpitar de la sangre bajo mi piel. Desde hace unos meses acabo la ducha con agua fría, nada de templada o algo similar, fría, lo más fría que puedo aguantar. Me obligo a quedarme quieta bajo el agua aunque muchas veces me dan ganas de salir corriendo. Me sorprendo a mi misma siendo consciente que, por una vez a lo largo del día, estoy quieta, inmóvil sin hacer nada y, realmente, sin pensar nada y, la verdad, es que es algo increíble.

Si la gente que me conoce  tuviera que definirme de algún modo, en su mayoría dirían que soy un trasto, que no paro. No puedo estar quieta ni por fuera ni por dentro. Realmente no me importa ser así, de hecho creo que no podría ser de otro modo. Muchas veces intento imaginarme estándome quieta, no mostrando interés real por nada, no emocionarme cuando veo algo que me hace reír o llorar, en otras palabras, siendo otra persona muy distinta de la que soy ahora. No me veo, de verdad, y eso que en ocasiones he intentado “conducirme” por el camino recto, por el seguro; es como cuando vas de viaje y el GPS te indica la ruta recomendada (que generalmente suele ser la más rápida y directa) pero ¿y lo emocionante que puede ser coger la ruta alternativa y perderse? La cantidad de sensaciones que dejamos a un lado por rechazar cosas que a primera vista no nos convencen.

Así que cuando tropiezas con una persona que es inquieta, que es un “bicho” (en el buen sentido), una persona a la que le gusta hacer cosas como a ti, a la que le gusta descubrir sitios como a ti, que se pone a prueba, que pelea por las cosas que quiere, que le pone ganas a todo lo que hace…como deciros, se asoma a los labios una de esas sonrisas sinceras y una sensación agradable se extiende por el pecho. Es como si fuera la victoria de una batalla que no es la tuya pero que deja el mismo regusto dulce, que suena a éxito y a esfuerzo, a saber que no eres tan “rara”, a darte cuenta que los pequeños gestos cuentan, que decisiones pequeñas traen grandes momentos y también, grandes personas.

Los nombres de las cosas

Los nombres de las cosas es algo que siempre ha estado dando vueltas por mi cabeza. Siempre me pregunto de dónde ha surgido o a quién se le ocurrió qué determinada cosa, con determinada forma se llamara de determinada manera. Por qué el pan se llama pan y por qué un círculo se asocia a algo redondo y no a algo que pueda ser cuadrado. Hay infinitas teorías sobre el lenguaje y la comunicación: cómo surgió, cuáles fueron sus condicionantes, en qué época se desarrolló. Personalmente creo que en su momento, fueron tantos los estímulos que el ser humano tenía delante de sí mismo que necesitó crear algo para que pareciera que tenía el control; porque el lenguaje no es más que otro modo de intentar controlar lo que nos rodea.

La ilusión del control, de tener mano sobre todo aquello que nos rodea no es más que un espejismo. De hecho, si lees varias veces esta frase hay un momento en la que deja de tener sentido, carece de significado y las palabras con las que está escrita no son más que una invención. Es entonces cuando me siento pequeñita y mientras escribo estas frases de sujeto, verbo y predicado pienso cual es la mejor manera de decir lo que uno quiere demostrar. Por fortuna, hay otro lenguaje que es mucho más innato que el hablado o el escrito. El lenguaje corporal es difícil de maquillar, de eludir, porque habla incluso cuando nuestros labios están sellados. No puedes no fruncir el ceño, no puedes evitar sonreir (si lo intentas la sonrisa siempre se acaba asomando de uno u otro modo a tus labios), no puedes no evitar preocuparte por una persona y tu cuerpo es delator de ello aunque te empeñes en esconderlo.

Kinésicamente hablando, soy transparente y mi cuerpo se encarga de transmitirlo a los cuatro vientos. Proxémicamente aún soy incapaz de explicar como me mantengo aquí sin salir corriendo y coger el coche y sin embargo, mírame, estoy frente al ordenador usando el peor de los lenguajes. Las palabras se me quedan pequeñas, insuficientes y, como bien dijiste en una ocasión, son los hechos, las acciones, las que expresan mucho más que cualquier palabra.

Pecar con el silencio

” La palabras pueden herir. El silencio puede curar. Saber cuándo hablar y cuándo no hablar constituye la sabiduría de los sabios.”
Hace mucho tiempo que leí esta frase en un libro, mucho, mucho tiempo pero cuando acude a mi cabeza me revela aún más cosas que palpitan latentes bajo el primer significado. Hoy me ha dado por pensar que también puede ser al revés; el silencio puede ser el arma más mortal jamás empleada y las palabras adecuadas un bálsamo reparador para el alma. Ahora bien, supongo que lo más complicado, lo realmente difícil es escoger una de las dos en el momento adecuado, en el lugar adecuado, con la persona adecuada.

Muchas veces ocurre que tienes una idea y se forma en tu cabeza de forma clara, de hecho tienes hasta el discurso perfecto, las palabras que expresan exactamente lo que quieres decir y, unos segundos después, con la persona a la que querías decírselo delante de ti, tu argumento se desmorona como un castillo de naipes y aquellas palabras idóneas no son mas que un burdo esbozo de lo que querías decir. Y decides callar, decides que esas palabras mueran en tu paladar, dejando un regusto amargo y una oquedad dentro de ti. Luego te preguntaras mil veces si hiciste bien en callarte, pecar con el silencio conlleva una penitencia que arrastraremos durante mucho, mucho tiempo y, sólo en ocasiones, la vida y las circunstancias te ofrecen otra oportunidad para decir eso que callastes. Y puede que la persona que tengas delante no merezca tus palabras, pero hasta que no salga de tu boca, hasta que no reciba el mensaje nunca lo vas a saber.

¿Lo habéis adivinado? Yo estoy en una de esas situaciones. No quiero pensarlo demasiado, no quiero desmenuzarlo todo en pequeños pedacitos hasta que pierda el sentido, no se trata de eso. Se lo que quiero, se lo que quiero decir, se a quien quiero decirselo pero me falta la oportunidad de hacerlo; lo difícil lo tengo conseguido (relativamente) pero el destino cruel parece que no quiere darme una ocasión para poder hacerlo. Entonces, ¿qué hago? ¿Guardo silencio hasta que el destino me brinde la ocasión o creo mi propia oportunidad cambiando de esa forma mi destino?

 

La mecánica del beso

El viernes fue un momento de dispersión. Encuentro relajante caminar por una ciudad que no conozco, deambular por las calles y dejarme llevar por el paseo. Últimamente no paseo como antes; quizá la razón haya sido que he estado inmersa en una vorágine de trabajo y ocupaciones diversas que me han hecho alejarme de situaciones cotidianas como pueda ser pasear sin rumbo fijo. Allí estaba yo, en medio de Bilbao como quien dice, paseando por las calles. No recordaba mucho de la ciudad todo sea dicho, pero al volver a verla me pareció simple y llanamente muy bonita, simple y sencilla. Bajando por una cuesta que daba a una explanada,  entre dos edificios enormes, los vi. Al principio no me llamaron especialmente la atención, es decir, hay gente por todos sitios pero un momento después estaba embelesada viendo lo que estaba sucediendo (sé que es de mala educación mirar, pero era magnético).

Eran jóvenes, tanto ella como él no llegarían a los veinte años pero, de todos los besos que he visto en mi vida este me resultó especial. Supongo que lo que hacía aquel beso especial eran ellos dos y, desde que posé mis ojos en la escena que se desarrollaba en aquellas escaleras, no pude despegar la vista. Me aposté junto a un spa – gimnasio llamado “Metropolitan” y allí, junto a la ría de Bilbao, mientras empezaba a llover débilmente me sentí culpable y afortunada a partes iguales de ser una intrusa de ese instante irrepetible. Ella posaba una de sus manos en la nuca y en la cabeza y la otra en uno de sus hombros; a simple vista parecía como si apenas le rozara. Sus ojos estaban cerrados mientras él sujetaba con mimo su cara, a la altura de la mandíbula y la otra mano se aferraba a su cintura. Era uno de esos besos sin prisa, de esos besos que hacen que se pare el tiempo, que las partículas se queden suspendidas en el aire a la espera de volver a tener vía libre, un beso lento, pausado. Me pareció que estaban envueltos en un halo que los aislaba de todo y decidí dejar de mirar; ya había irrumpido en su intimidad bastante.

Caminé buscando el coche, mientras las nubes de color gris descargaban la lluvia sobre la ciudad. Pensé en ese beso, por fuerza tenía que ser dulce y suave, envolvente. Ahora que escribo estas líneas extraño esos besos, extraño ese acercarse de forma tímida, ese primer roce de labios, ese poso que deja una vez se acaba. Una vez alguien me dijo que escribo “valiente”, me gustó escuchar eso acerca de mi así que sí, extraño verte (estés donde quiera que estés), extraño la calidez de uno de tus abrazos y mirarte a esos ojos de color indefinido que me sorprendió descubrir. Echo de menos una cena improvisada con una botella de vino y reirme mientras me cuentas mil cosas y yo te interrumpo contándote mis batallitas. ¿Existe el beso perfecto? Me gustaría saber si entre tu competitividad y mi perfeccionismo podemos acercarnos…