Sad eyes

¿Por qué nunca estamos preparados para cuando suceden las cosas? Allí estaba yo, sentada en el coche, simplemente sentada, sin nada que hacer. La mañana era oscura, fresca y gris, aunque hacía dos horas a mi me pareció que era mucho más brillante, bonita y estimulante que lo que era en ese momento. El teléfono móvil apenas tenía un cuarto de batería pero me dio igual. Pasé incontables veces esas fotografías, una y otra vez, como memorizando cada detalle, cada rasgo y, cuando un nudo invisible me atenazaba la garganta, levantaba la cabeza, como si asomara a una invisible superficie para tomar aire. Fuera estaba lloviendo, una lluvia fina y ligera que dejaba pequeñas gotitas en los cristales, como si el cielo se uniera a mis ojos, como si nos acompañaramos mutuamente.

Muy pronto dejé de ver la pantalla, cuando la vista se emborrona, cuando la pupila se ahoga, el resto de sentidos toma posiciones. Escuché a la gente correr, trotar de forma pausada, hacer ejercicio bajo la lluvia me pareció casi purificante, una expiación de los malos sueños, de los despertares difíciles, de todo aquello que hay que hacer a pesar de no querer hacerlo. Seguí con la mirada sus figuras borrosas mientras un quejido se escapó de mi garganta, un fugitivo inesperado que aflojó las cadenas del resto. Incapaz de arrancar el coche, pañuelo en mano, mi cuerpo y mi mente fueron deshaciendo los nudos que me tenían agarrotada. Siempre me doy cuenta de las cosas, soy una persona observadora, minuciosa pero, al igual que en el boxeo, no siempre podemos tener la guardia alta ni ver venir todo lo que tenemos delante de las narices.

Bueno, ahí estaba yo, llorando como alma en pena, alma de pollo triste, alma acongojada, alma agridulce. ¿Qué si es grave? Bueno, yo no diría que es grave, doctor, al fin y al cabo, tiene un tratamiento, un principio activo que dejaría pasmado al más avispado. Tras cuarenta y cinco minutos (45 minutos metida en un coche sin conducirlo, ni yo misma me reconozco) conseguí poner las llaves en el contacto y limpiar un poco el desastre. En ese espacio de tiempo sencillamente me di cuenta del simple hecho de añorar algo, de extrañar, de echar de menos; no el echar de menos que se dice automático, sino del sentimiento que sale de un lugar profundo, de algo anclado a tus cimientos, de algo que te remueve por dentro, que no te deja indiferente, que te hace fuerte como la fibra de carbono o el kevlar, que te sorprende una vez más sabiendo que no será la última vez.

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