♦ Las Crónicas de Ayari – V ♦

Kazumi observa el horizonte con quietud, con esa calma que precede a los sucesos devastadores. El cerezo del jardín se desprende de sus flores que caen delicadamente sobre el camino del lago. Reprime un suspiro profundo, el obi está tan ceñido que le quita una de las pocas libertades de las que es dueña.
Una lágrima furtiva se desliza por su mejilla hasta el abismo de su rostro. Un escalofrío recorre su espalda, una desazón la invade por dentro.
Recuerda con nitidez su infancia, corriendo con sus hermanos por el jardín, la hierba fresca bajo sus pies, la risa de su madre cuando intentaba coger las carpas con sus manos, la primera vez que sostuvo su adorado arco, la libertad de soltar una flecha que cortaba el aire. El accidente en las montañas lo cambió todo, sus padres ya no estaban, los hermanos se separaron y ella quedó bajo el protectorado de su tía, la hermana de su padre.
Todo cambió, todo era rigidez; dejar de descubrir el mundo la tornó en una figura silenciosa que se movía como un fantasma, sabía las historias que contaban sobre ella en la casa, ignorantes y supersticiosos….aunque tampoco los culpaba. La única persona que se había mantenido a su lado era su fiel Hatsune. Recordaba como paseando por las calles de la ciudad tropezó con ella, la perseguían las autoridades y le dieron caza justo cuando cayó a sus pies. Sus grandes ojos implorantes de color gris claro chocaron con los suyos y, cuando se la llevaron, se dio cuenta de la mancha de sangre en la manga de su kimono. Aquellos ojos, aquella mirada de animal asustado, aquella mancha que le recordaba lo frágil que es la vida….fue instintivo. Lo bueno de estar “señalada” por una tonta superstición es que abre algunas puertas y nadie impidió que se llevara a la pequeña Hatsune a casa. Estaba acostumbrada a la cara de desaprobación de su tía, el desprecio de sus ojos; sabía que era un estorbo, una molestia.
samurai
Vuelve los ojos al aparador, allí reposa su arco hecho en madera de arce, fuerte y ligero. Un nudo sube desde el pecho a su garganta al traer a su mente aquella tarde en la arboleda. Estaba furiosa, realmente enfadada por las prohibiciones de su tía; se soltó la larga melena negra deshaciendo el peinado que tantas horas había llevado hacer, delante de las visitas, no hubo reverencias ni una retirada pausada. Ensilló una de las yeguas del establo y con su arco y el carcaj lleno salió a galope tendido. Saltó de la silla, el kimono se había desajustado, tenía el pelo enmarañado, resopló y gritó y, con rabia, deslizó una flecha, apuntó a un árbol y disparó.
No lo vio, no lo vislumbró, no supo que estaba ahí hasta que escuchó un relincho que casi fue un bufido. Saliendo de la maleza había un caballo gigantesco, el más grande que había visto nunca, era un caballo de guerra imponente y sobre él un jinete, un jinete con armadura, con katana…y una herida en el brazo, una herida de una flecha, su flecha. Se arrodilló y miró al suelo mientras el caballo se aproximaba haciendo temblar la tierra.
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