Las crónicas de Ayari

♦ Las Crónicas de Ayari ♦

Un leve crujido rompe la calma de la madrugada. Siempre alerta, incluso hoy. Está a salvo pero de igual modo se incorpora. La noche es fresca, con una fina brisa que se descuelga entre las grietas de la pared. Entreabre la puerta corredera y echa un vistazo al patio de la casa; todo está en calma, todo está silencioso y tranquilo. Un suspiro profundo se escapa de sus pulmones mientras una fugaz mueca de dolor aparece en sus ojos; la herida en el brazo no cura como debería y, si no puede sostener su arma, puede darse por muerto.

Se obliga a abandonar estos pensamientos mientras, de un vistazo, recorre la estancia. Es modesta, pequeña pero tampoco necesita mucho más. Agradece las atenciones de su tío; recurrir a él no estaba en sus planes, pero si la guerra le ha enseñado algo, es a estar preparado ante cualquier eventualidad. Su espada permanece en el pequeño promontorio improvisado, descansa envainada en su funda. Hace días que no la ha tocado, desde que la depositó donde reposa ahora mismo. Por un momento, extraña el tacto de la empuñadura, el contrapeso en su mano, la sensación de calma que le invade cada vez que posa sus dedos sobre ella. Se estremece al pensar en el último enfrentamiento y se siente estúpido; estuvieron a punto de acabar con su vida y cayó en una emboscada tan simple que hasta un niño de ocho años se hubiera dado cuenta de la trampa.

Se desliza silencioso entre los pliegues del futón pensando que, de no haber sido por Taro, quizá no estaría precisamente tumbado en el cálido lecho. Cuando amanezca ha de ir a las cuadras, el corte que el caballo recibió y que iba destinado a él es profundo y, debido a la accidentada huida, se ha agravado. Taro lleva con él desde hace cuatro años, la nobleza y la inteligencia del animal le sedujeron incluso antes de adquirirlo. Trae a su mente una imagen del caballo desmontando a los intrépidos jinetes que se atrevieron a montarlo antes que él y una sonrisa asoma a sus labios; hubo un momento en el que llegó a pensar que jamás lograría meter en cintura a la bestia pero tras unas jornadas agotadoras consiguió que mostrara los primeros signos de docilidad.

Ayari siente de nuevo el agudo dolor en el brazo mientras permanece tumbado mirando al techo. Acomoda la vista a la oscuridad y baja la mirada hacia donde sus ropas reposan. Un lacerante recuerdo acude a su mente; entre los pliegues de su hakama descansa el fino pañuelo de seda que le acompaña desde hace meses. Es uno de los pocos objetos personales que lleva consigo y, sin duda, el más preciado. Nota como tensa su mandíbula y afloja la presión, lo más complicado está por llegar, lo más difícil está por hacer piensa mientras cierra los ojos y deja que sus pensamientos fluyan libres.

♦ Las Crónicas de Ayari – I ♦

Lealtad y honor. Ayari sacude la cabeza con pesar al evocar esos dos conceptos. Hubo un tiempo en el que fueron los pilares en los cuales todo su mundo se asentaba, donde todo tenía significado y ahora, sin embargo, todo se ha vuelto gris y confuso. Sentado junto a la fuente observa como una carpa de color rubí se desliza suavemente por el agua describiendo formas sinuosas en su camino. Ha conseguido evadir a su tío pero no por mucho más; retirado en su residencia de verano ansía noticias del  reino y después de unos días esquivándole tendrá que hacerle frente. Las mujeres de la casa entran riendo en el patio y, súbitamente, guardan silencio, bajan la mirada y se dirigen hacia el pequeño huerto que hay junto a las cuadras.

De entre todos los guerreros al servicio del señor Ichiyo, Ayari había destacado por su destreza con la espada, su habilidad para el combate y la estrategia y una locuacidad poco común. Quizá fue esa la razón por la que el señor Ichiyo lo escogió como parte de su guardia personal; aún recuerda las conversaciones distendidas entre él y su señor, ambos disfrutaban de esos breves intercambios de opiniones acerca de la guerra, del reino, del desarrollo industrial y las consecuencias que traería. Añora ese tiempo en el que todo era de una simpleza casi transparente o, al menos, eso era lo que creía. Escucha el relincho inconfundible de Taro en las cuadras que lo saca de su ensimismamiento

y acude a la llamada de su montura. La última vez que fue a los establos, unos niños de las casas cercanas estaban arrinconados en una esquina, mientras el caballo, seguramente enfurecido por alguna travesura infantil, se encabritaba de forma violenta.

Al entrar en la cuadra percibe el aroma fresco de la hierba que han traído para su cabalgadura. Taro esta atento a la puerta por la que entra, con las orejas rectas y en constante atención. Ayari tiende su mano hacia el hocico y el caballo roza con suavidad su palma mientras acerca su gran cabeza hacia la de su dueño. Ese gesto tan familiar reconforta a Ayari; pronto, muy pronto volveran a recorrer los caminos en mutua compañía. Acaricia la frente de Taro y desliza la mano hasta el cuello donde la herida ha comenzado a sanar lentamente. El animal empuja suavemente a su dueño en un gesto juguetón, como si supiera que era el momento para evitar que su mente se adentrara en otros recuerdos y su amo le tira suavemente de las crines mientras el caballo relincha contento. Abandona las cuadras y sale de nuevo al patio. Un olor denso y sabroso se dispersa por el aire advirtiéndole que se acerca la hora de la comida; su tío le ha pedido expresamente compartir mesa con él, más que una petición es una orden.

Ya en sus aposentos se prepara para el encuentro, mientras se recoge el pelo con esmero y se ciñe el kimono. Su espada continua inmóvil en el altar; ha preferido no tratar de forzar antes de tiempo la recuperación de su brazo aunque, el no llevarla, hace que le embargue una falsa sensación de desnudez. Una sirvierta abre la puerta y realiza una elaborada reverencia que le indica que le están esperando. Con una inclinación de cabeza da su conformidad a la comunicación mientras la mujer desaparece en silencio; alza la mirada hacia el frente y con disposición abandona la estancia. Mientras recorre los corredores hasta los aposentos de su tío se prepara mentalmente para lo que va a suceder: solicitar el favor de su tío para la empresa en la que se va a embarcar va a ser un esfuerzo titánico pero no hay otro modo; ganar primero, combatir después.

♦ Las Crónicas de Ayari – II ♦

Ayari respira hondo antes de deslizar la puerta con suavidad. Su tío, Kohtaro, está sentado a la mesa con las manos apoyadas en las rodillas. Contempla el jardín que se extiende ante la estancia, el perfume de las fragantes flores traídas de Europa invade la estancia, mezclándose con los efluvios de la comida. Ayari se inclina, el protocolo exige una reverencia que, de otro modo y en otras circunstancias, no llevaría a cabo. Al levantar la vista puede comprobar como su tío continúa en la misma posición y, mientras se acomoda frente a él, lo observa cuidadosamente. No lo había visto en mucho tiempo, trae a la memoria un recuerdo lejano, cuando era solo un niño. Recuerda un hombre alto, de anchas espaldas, con ojos despiertos, inteligentes, serio e inflexible. Apenas puede reconocer algo de aquella persona en el hombre que tiene delante.

Una de las mujeres de la casa vierte cuidadosamente té en un recipiente, primero a su tío y luego a él. Traen la comida, primorosamente presentada; su tío continua inmóvil en la misma posición. Es exasperante – piensa Ayari – mientras mira sus manos con la mirada baja. No es el momento de hacer valer su status y menos en casa de su tío; la relación con su madre se deterioró desde que contrajo nupcias con su padre. Kohtaro, como primogénito de la familia, nunca estuvo de acuerdo con aquel enlace y el estrecho vínculo que tenía con su hermana se esfumó como la niebla al salir el sol. Percibe un movimiento en el cuerpo de su tío, se acomoda frente a la mesa y se dispone a comer; aún no ha pronunciado ni una sola palabra, no ha realizado ni un solo gesto que delate su estado de ánimo. Ayari deja la mente en blanco y se dispone a comer; sería de mala educación por su parte iniciar una conversación aunque las palabras le queman la lengua. Coge con cuidado un pedazo de carne y se lo lleva a la boca; hace tiempo que no probaba la carne, las misiones y empresas en las que se ha visto envuelto han conllevado comidas frugales y parcas, ni ostentaciones ni lujos que se aproximen a la mesa frente a la que se encuentra.

Ensimismado con el sabor de la comida se da cuenta demasiado tarde que su tío le observa con ojos curiosos, fríos y escrutadores. Ayari baja la mirada e inclina la cabeza.

– Nunca pensé que volvería a verte – dijo su tío.

Ayari se sorprende al escuchar su voz, suena resignada pero afilada como un cuchillo. Fija la mirada en sus ojos mientras nota que el calor de una cólera incontenible sube por su espalda. Aprieta los puños hasta que los nudillos se vuelven blanquecinos por efecto de la presión. Piensa en las palabras adecuadas que debe pronunciar pero sin previo aviso, Kohtaro se enzarza en un cuasi monólogo acerca de política, mandatarios de la ciudad, aperturismo a los europeos que arriban a la costa en inmensos barcos, conspiraciones. Como cualquiera de los hombres a los que se ha enfrentado, Kohtaro también tiene un punto débil, quizá no físico pero, psicológicamente, hay un punto ciego con el que no cuenta. Ayari detesta tener que recurrir a este tipo de maniobras, siempre se ha caracterizado por ser un guerrero y un hombre directo, limpio, rápido, infalible.

– Hace dos meses vi a Yoshiro, coincidimos en el mercado de una ciudad – dice Ayari-, tengo una carta de su parte.

Kohtaro palidece mientras abre desmesuradamente los ojos. Ayari observa expectante su reacción y se debate entre la satisfacción ante un buen golpe de efecto y la irritación de haber tenido que recurrir a semejante hecho.

– Cuéntamelo todo, por favor – susurra Kohtaro con cara de súplica mientras clava sus ojos en Ayari.

♦ Las Crónicas de Ayari – III ♦

Ayari suspira mientras trae a la memoria la imagen de Yoshiro. Siempre fue el favorito de entre todos los hijos de su tío Kohtaro. Despierto, con un gran afán por aprender y descubrir. Una vez llegó a la mayoría de edad, los deseos de Yoshiro chocaron con los de su padre como un tren de mercancías. Fiel a la tradición familiar, su tío deseaba que su primogénito se dedicara a la política en beneficio del reino, pero los deseos de Yoshiro se conducían por un camino bien distinto. Hacía unos pocos años que los europeos fueron llegando en pequeños grupos, en un principio solían permanecer cercanos a la costa pero pasado un tiempo, nuevos e intrepidos colonos se fueron adentrando en el país. Yoshiro estaba fascinado con la llegada de los visitantes europeos; estaba prendado de su cultura, de sus ropas, de sus armas. Tanto deslumbró este descubrimiento a Yoshiro que aprendió su lengua, comenzó a vestir como ellos, se inició en el aprendizaje de su religión y frecuentaba su compañía.

Kohtaro no podía estar más en desacuerdo con las decisiones de su hijo y así se lo hizo saber en varias ocasiones. La última advertencia conllevó un muro insalvable que desde entonces separó a padre e hijo. En un arrebato de furia, Kohtaro expulsó a su hijo del hogar familiar y éste buscó cobijo entre sus nuevos adquiridos amigos. Desde entonces, la espiral en la que se sumergió Yoshiro fue su perdición. Ansioso por encajar en un mundo venido de fuera comenzó unos negocios con algunos de los colonos; de ahí vinieron endeudamiento, juego y un tren de vida que nunca se había podido permitir. Inmerso en una ilusión, se vio abandonado a su suerte tiempo después por aquellos a los que consideraba amigos y su situación fue empeorando a medida que avanzaba el tiempo. Por aquella época, intentó aproximarse de nuevo a su familia a través de sus hermanos pero Kohtaro fue inflexible: aquel que ayudara a Yoshiro correría la misma suerte que él. La deshonrosa situación a la que se había visto abocada la familia por las decisiones de Yoshiro no se habrían de repetir nunca jamás.

Pese a todo, Kohtaro seguía sintiendo debilidad por su primogénito y sus contactos en la ciudad le proporcionaban información de la situación de su hijo de cuando en cuando. Tan sólo cuando el rumor de un asesinato a manos de Yoshiro llegó a los oídos de su padre, fue cuando éste cerro su corazón a aquel que una vez consideró su hijo. Desde entonces, Kohtaro se había vuelto huraño, hosco, intratable para todos aquellos que le rodeaban. Ayari contempla a su viejo tío; parece más pequeño que cuando le vio hace unos instantes, como si menguara a cada momento. Introduce la mano entre los pliegues de su hakama y extrae un finísimo pliego doblado con cuidado. Mirando a los ojos a su tío, le tiende la carta que prometió entregar. Kohtaro coge con presteza el papel entre sus dedos temblorosos y Ayari cree advertir un reflejo de esperanza en sus ojos. Con avidez, recorre con la mirada la diminuta escritura repartida en el pliego; Ayari observa como tiemblan las comisuras de su boca, como su mandíbula se tensa y finalmente, como si hubiera sido tocado por un rayo fulminante, observa como la piel de Kohtaro palidece e intenta frenar el desplome de su cuerpo apoyando un brazo en el suelo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s